En una sala sin ventanas en Mestre, al otro lado de la laguna, Dante observaba tres monitores. Un hombre joven de manos rápidas tecleaba sin parar. Una mujer de unos cuarenta años hablaba en tres idiomas distintos a través de dos teléfonos y un auricular Bluetooth, parecía que estaba dando instrucciones.
— Tarjetas de crédito, cuentas corrientes, reservas de hotel, líneas móviles, seguros médicos, licencias de conducir internacionales… —dijo Dante seriamente. — Quiero que su nombre empiece a fa