La noche cayó sobre Londres con una puntualidad casi cruel, envolviendo la ciudad en un manto de neblina que difuminaba las luces de los rascacielos como si fueran promesas rotas. Valentina se quedó sentada en la penumbra del salón durante largos minutos después de apagar el televisor.
El reflejo oscuro de la pantalla le devolvía una versión de sí misma que apenas reconocía: ojeras marcadas bajo ojos que habían visto demasiado, hombros tensos como cuerdas a punto de romperse, la mandíbula apr