La noche cayó sobre Londres con una puntualidad casi cruel, envolviendo la ciudad en un manto de neblina que difuminaba las luces de los rascacielos como si fueran promesas rotas. Valentina se quedó sentada en la penumbra del salón durante largos minutos después de apagar el televisor.
El reflejo oscuro de la pantalla le devolvía una versión de sí misma que apenas reconocía: ojeras marcadas bajo ojos que habían visto demasiado, hombros tensos como cuerdas a punto de romperse, la mandíbula apretada como si estuviera conteniendo una verdad demasiado grande para salir en voz alta.
El eco de la rueda de prensa de los Moretti aún resonaba en su mente, no como un murmullo distante, sino como un rugido que le perforaba el pecho.
No era una respuesta emocional. Era una declaración de guerra. Vittorio Moretti, con su voz grave y su presencia imponente, había pintado un retrato de ella como una madre inestable, una fugitiva que ponía en riesgo la vida de su propio hijo. Una jugada horrible