Venecia amaneció envuelta en una niebla baja y espesa, casi tangible, como si la ciudad hubiera decidido borrarse un poco del mundo para ganar tiempo. Los contornos de los palacios se difuminaban, los puentes parecían flotar sin apoyo, y el agua del Gran Canal tenía el color del plomo viejo. Era una mañana hecha para desapariciones discretas, para que alguien dejara de existir sin que el resto del planeta se diera cuenta.
Dante estaba de pie junto a la ventana del apartamento, con las manos en