Italia los recibió como si nada malo pudiera existir bajo su cielo. El amanecer en Roma pintó los tejados de terracota con tonos dorados que se filtraban por las persianas entreabiertas.
Valentina se quedó un momento más en la cama, dejando que la luz le rozara los párpados cerrados. Por primera vez desde que pisaron suelo italiano, no se despertó con el corazón en la garganta, buscando pistolas invisibles bajo la almohada.
El aire olía a jazmín del patio interior y a pan que alguien horneaba