Al día siguiente, Valentina permanecía sentada en la orilla de la cama, con el teléfono en las manos, mirándolo sin realmente verlo.
La habitación estaba en silencio.
Era un tipo de silencio que se siente pesado, como si las paredes mismas contuvieran la respiración. Afuera, el viento movía suavemente las cortinas, pero dentro todo parecía congelado. Cada segundo que pasaba sin que ella hiciera algo se convertía en una acusación silenciosa contra su propia inercia.
Había intentado descansar.