Valentina permanecía de pie junto a la ventana, con la mirada perdida más allá del vidrio.
La tarde se derramaba en tonos anaranjados sobre el jardín, pero ella no veía los colores. No veía las hojas moviéndose con el viento ni las sombras alargadas de los árboles. Solo veía fragmentos rotos de su propia vida.
Los nombres de las personas que más amaba giraban en su cabeza como un carrusel que no se detenía.
Cada uno tiraba de ella en una dirección distinta, desgarrándola por dentro.
Se llevó