Pasadas las horas, la villa de Vincenzo estaba en silencio.
Alejandro permanecía de pie frente al enorme ventanal del despacho principal, observando las luces lejanas de la ciudad que parpadeaban. El sostenía un vaso de whisky apenas tocado entre los dedos. El líquido ámbar reflejaba las luces tenues de la lámpara de mesa, pero él no lo bebía. No estaba allí para emborracharse, estaba allí para reclamar lo que consideraba suyo y que había perdido por ser un idiota sin más.
Alejandro no estaba r