Valentina llevaba casi una hora sentada frente a la mesa larga del comedor, rodeada de carpetas, tablets y hojas sueltas, sin haber avanzado realmente. El sol de la tarde se filtraba a través de las amplias ventanas del penthouse.
El aire estaba cargado de un silencio que no era pacífico, sino expectante, como si todo a su alrededor esperara una decisión que ella no estaba lista para tomar.
Todo estaba ahí.
Fechas. Contratos. Reservas. Confirmaciones.
La boda.
Alejandro había sido meticuloso. Excesivamente meticuloso. Cada detalle estaba marcado, subrayado, clasificado por colores según su prioridad: azul para logística, rojo para seguridad, verde para invitados. Sicilia aparecía en cada documento como una promesa elegante, casi irreal.
El hotel boutique frente al mar Mediterráneo, con su terraza privada suspendida sobre acantilados, el número exacto de invitados “ciento veinte, ni uno más ni uno menos”, murmuró para sí mis