“¿Y si hoy no caminara hacia ese altar?”, pensó una última vez. Esa pregunta solo aparecía más y más frecuentemente en su cabeza, mientras esperaba el momento en que sus puertas se abrieran.
Después de 2 horas, dos estilistas entraron primero con sus maletas plateadas, después las maquilladoras, luego la modista para el último ajuste del vestido.
El espejo de cuerpo entero reflejaba una transformación digna de un cuento de hadas, sus ojeras desaparecieron bajo un velo de colores cálidos, sus labios adquirieron un tono rosado perfecto, y sus pestañas largas parecían abanicos que escondían secretos.
— ¿Lista para ser una reina? —preguntó la estilista, sonriente.
Valentina no respondió. Solo asintió con una leve sonrisa, casi perdida.
Sus ojos se perdieron en el reflejo, buscando a la mujer que había sido antes de todo esto, la que reía sin medir consecuencias, la que creía en el amor como algo libre, no como una transacción. La que en verdad amo a Alejandro alguna vez por lo que