A varios kilómetros de allí, lejos del hotel y de su perfección cuidadosamente vigilada, Dante estaba despierto desde mucho antes.
La villa donde se encontraba no tenía nada de ostentosa. Era una construcción antigua de piedra volcánica, con persianas de madera verde desvaída y viñedos extendiéndose como sombras verdes bajo la noche que se retiraba lentamente. El aire olía a tierra húmeda y a uvas maduras, un aroma terroso que contrastaba con el lujo del hotel.
En el centro del estudio, una mesa amplia de roble sostenía planos detallados, horarios impresos, mapas topográficos y una tablet encendida con imágenes en tiempo real del hotel: cámaras de seguridad hackeadas sutilmente, drones discretos sobrevolando perímetros.
Dante estaba de pie, sin chaqueta, camisa oscura arremangada hasta los codos, revelando antebrazos marcados por cicatrices antiguas. Observaba sin prisa, con la paciencia de un depredador que sabe que la presa vendrá sola.
No había urgencia en él. Ningún tic nervio