En la casa de Alejandro Moretti, él quería terminar de trabajar lo más pronto posible para poder descansar tranquilamente.
Su vida estaba hecha de reuniones tardías, números que no dormían y decisiones que se tomaban cuando la mayoría del mundo descansaba.
Aun así, aquella noche, cuando el teléfono vibró sobre la mesa de cristal de su despacho, algo en su pecho se contrajo de forma incómoda. no solía sobresaltar con llamadas nocturnas.
No miró la pantalla de inmediato.
Primero terminó de firma