En la casa de Alejandro Moretti, él quería terminar de trabajar lo más pronto posible para poder descansar tranquilamente.
Su vida estaba hecha de reuniones tardías, números que no dormían y decisiones que se tomaban cuando la mayoría del mundo descansaba.
Aun así, aquella noche, cuando el teléfono vibró sobre la mesa de cristal de su despacho, algo en su pecho se contrajo de forma incómoda. no solía sobresaltar con llamadas nocturnas.
No miró la pantalla de inmediato.
Primero terminó de firmar un documento, dejó la pluma a un lado y entonces sí… bajó la vista. Al ver la pantalla de su celular, vio un número privado…
Frunció el ceño.
— ¿Sí? —respondió al fin, con voz firme, profesional.
Al otro lado no hubo saludo… Solo silencio… Un silencio medido y calculado.
— Si esta es una broma… —empezó Alejandro.
— ¿De verdad cree que alguien perdería el tiempo con usted a estas horas?, no me hagas reír… —interrumpió una voz masculina, grave, sin emoción.
Alejandro se enderezó en la silla ten