Esa noche, en una villa fortificada a las afueras de Milán, Vincenzo estaba sentado en su estudio, en la mesa, él tenía un mapa de Europa iluminado por una lámpara de banquero.
Se dispuso a llamar a Luca. — Luca, Reporte —dijo al teléfono.
Silencio.
— Luca.
Nada.
Dejó el móvil sobre el escritorio con deliberada lentitud. Sonrió despacio, como alguien que acaba de entender una jugada maestra.
— Interesante…
Se levantó, caminó hasta el mapa y puso una ficha negra sobre Venecia.
— Dante —murmuró.