El treinta y uno de marzo amaneció limpio y luminoso, como si la villa misma hubiera decidido concederle un día de tregua al pequeño Matteo.
El jardín interior estaba irreconocible: una explosión de globos dorados y azules flotaba bajo el techo de vidrio, balanceándose suavemente con la brisa que entraba por las puertas abiertas.
Las mesas vestidas con manteles blancos tenían figuras de dinosaurios de cartón con luces LED en la boca, servilletas bordadas con el nombre de Matteo y una máquina