La habitación quedó en silencio después de que Vincenzo cerrara la puerta.
Matteo se levantó despacio, descalzo sobre la alfombra gruesa que amortiguaba cada paso. Caminó hasta la ventana y apartó ligeramente la cortina.
El jardín trasero se extendía bajo la luz dorada de la tarde que ya empezaba a oscurecerse. Desde allí podía ver no solo las cámaras de seguridad que giraba lentamente en su eje y, más allá, la silueta lejana de la caseta de los guardias, recién se dio cuenta que la villa tie