La primavera había llegado a Luminaria con una fuerza tan vibrante que parecía que la tierra misma celebraba la victoria del canto. Los campos, antes marcados por las huellas de la reconstrucción, ahora se extendían como un tapiz vivo de colores. Amapolas blancas ondeaban suavemente al ritmo del viento, girasoles carmesí seguían el sol con reverencia, y los cerezos rebosaban de flores pálidas que caían como copos encantados.
Pero no era solo la naturaleza la que florecía. Era el alma del pueblo