La entrada a la ciudad no era una puerta. Era un umbral sin forma, una grieta en la niebla donde la realidad parecía quebrarse como cristal bajo presión. Al atravesarla, el mundo cambió.
El silencio era absoluto. No había viento, ni el crujir del hielo, ni el lejano canto de cuervos. Solo las ruinas, y esa energía invisible que vibraba en el aire como una nota sostenida, como un susurro a punto de estallar.
Lykos dio el primer paso, sus botas dejando huella en la escarc