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El aroma a café caro y a productos de limpieza industriales siempre me producía náuseas, pero esa mañana, el nudo en mi estómago no tenía nada que ver con el olor. Tenía que ver con la cifra en la pantalla de mi celular.
$250,000.
Era el costo de la cirugía que mantendría a mi hermano con vida. Era también una cifra que alguien como yo, una asistente editorial que vivía al día, no vería junta ni en tres vidas.
Cerré los ojos un segundo, apoyando la frente contra el cristal frío del ascensor que subía hacia el piso cincuenta de las empresas Volkov. Me miré en el reflejo. Llevaba mi mejor traje sastre —un conjunto de segunda mano que había planchado tres veces esa madrugada— y mis labios temblaban a pesar de que los había pintado de un rojo desafiante. No estaba aquí para pedir un préstamo. Estaba aquí para vender mi alma.
Las puertas se abrieron con un tintineo elegante. La oficina de Alexander Volkov no parecía un lugar de trabajo; parecía la guarida de un depredador que apreciaba el minimalismo y el silencio.
—Señorita Elena Castillo —dijo una secretaria que parecía sacada de la portada de una revista—. El señor Volkov la recibirá ahora. Tiene exactamente diez minutos.
Tragué saliva y caminé hacia las puertas dobles de roble oscuro. Al entrar, el aire pareció bajar varios grados. Alexander Volkov estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí, observando la ciudad como si fuera el dueño de cada edificio, de cada calle y de cada persona que caminaba por ellas. Su silueta era imponente: hombros anchos, una postura impecable en un traje hecho a medida que gritaba poder.
—Tienes ocho minutos ahora, Elena —su voz era un barítono profundo, frío y cortante como el hielo. No se molestó en girarse—. No me gusta que la gente pierda mi tiempo. Si estás aquí para rogar por el fondo de emergencia de la empresa, la respuesta es no.
—No estoy aquí para rogar —mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. Estoy aquí porque escuché que su abuelo le dio un ultimátum.
Alexander se tensó. Lentamente, se giró para enfrentarme. Sus ojos eran de un gris tormentoso, rodeados de pestañas oscuras que le daban una mirada depredadora. Era injustamente guapo, de esa manera peligrosa que te hace querer correr en la dirección opuesta.
—¿Ah, sí? —arqueó una ceja, cruzando los brazos sobre su pecho—. ¿Y qué crees saber tú sobre mis asuntos familiares?
—Sé que el consejo de administración está cuestionando su estabilidad —continué, dando un paso adelante, ignorando el temblor de mis manos—. Sé que la cláusula de herencia de su abuelo exige que esté casado para antes de su trigésimo cumpleaños, que es en tres meses, o perderá el control de la división internacional. Y también sé que su reputación de "soltero implacable" y sus escándalos con modelos no están ayudando a convencer a los accionistas de que es un hombre de familia.
Alexander soltó una carcajada seca, sin rastro de humor. Caminó hacia su escritorio de cristal y se sentó, observándome como si fuera un insecto interesante bajo un microscopio.
—Eres valiente, lo admito. O muy estúpida. ¿Vienes a ofrecerme un trato?
—Vengo a ofrecerle una solución —corregí—. Usted necesita una esposa que no cause problemas, que sepa comportarse en las cenas benéficas y que firme un acuerdo de confidencialidad tan estricto que ni siquiera pueda hablar en sueños. Yo necesito el dinero para la cirugía de mi hermano.
El silencio que siguió fue asfixiante. Alexander me analizó de arriba abajo. No era una mirada lasciva, era una evaluación comercial. Estaba pesando mi valor como si fuera una acción en la bolsa.
—Mírate —dijo finalmente, con una sombra de desdén—. Eres una empleada de nivel bajo en una de mis subsidiarias. No tienes linaje, no tienes fortuna, no tienes conexiones. ¿Por qué aceptaría el consejo de administración que me casara con... alguien como tú?
—Precisamente por eso —respondí, apretando los puños—. Soy una página en blanco. Puede decir que nos conocimos hace meses, que queríamos mantenerlo en privado. Soy alguien a quien puede controlar. No tengo una familia poderosa detrás que intente meter las manos en su empresa. Soy la opción más segura que tiene, señor Volkov.
Él se levantó de nuevo, rodeando el escritorio con pasos lentos y felinos. Se detuvo justo frente a mí, tan cerca que pude oler su perfume: sándalo, cuero y algo metálico que me recordó al peligro. Su altura me obligaba a inclinar la cabeza hacia atrás.
—¿Crees que puedes ser controlada? —susurró, inclinándose hacia mi oído—. Muchas lo han intentado. Al final, todas quieren más. Quieren las joyas, quieren el apellido, quieren mi atención.
—Yo solo quiero que mi hermano viva —dije, encontrando sus ojos grises—. No me importa su dinero más allá de la factura del hospital. No me importa su apellido. Y le aseguro que lo último que quiero es su atención.
Alexander guardó silencio, su mirada fija en la mía. Por un segundo, creí ver una chispa de algo parecido al respeto, pero desapareció tan rápido como llegó, siendo reemplazada por esa máscara de frialdad absoluta.
—Hay reglas, Elena —dijo, retrocediendo un paso—. Si hacemos esto, mi palabra es ley. Vivirás en mi casa, pero en habitaciones separadas. No habrá contacto físico a menos que estemos frente a la prensa o mi familia. No habrá otros hombres. No habrá escándalos. Y cuando pase el año y yo asegure mi posición, nos divorciaremos y desaparecerás de mi vida para siempre.
—Acepto —dije sin dudar.
Él sacó un cajón y extrajo un documento que parecía haber estado esperando por la persona adecuada. Lo deslizó sobre el escritorio junto a una pluma estilográfica de oro.
—Fírmalo. Es el acuerdo de confidencialidad inicial. Mis abogados redactarán el contrato matrimonial esta tarde.
Caminé hacia el escritorio con las piernas convertidas en gelatina. Tomé la pluma. El peso del metal era real. La decisión era real. Si firmaba esto, mi vida dejaría de pertenecerme. Sería una propiedad más de las Industrias Volkov. Una esposa trofeo. Una mentira andante.
Pero recordé el rostro pálido de mi hermano en la cama del hospital, los pitidos de las máquinas que lo mantenían con vida y la frialdad de los médicos cuando me dijeron que el tiempo se acababa.
Firmé con un trazo rápido. Elena Castillo.
Alexander tomó el papel y lo miró con una sonrisa gélida.
—Bienvenida al infierno, futura señora Volkov. Mañana a primera hora un chofer te recogerá en tu apartamento. No empaques mucho; nada de lo que posees es digno del armario de mi esposa. Te compraremos una vida nueva.
—¿Y el dinero para el hospital? —pregunté, con la voz quebrada.
—Ya ha sido transferido —dijo él, volviendo a su ventanal, dándome la espalda una vez más como si yo ya hubiera dejado de existir—. No pago tarde, Elena. Pero recuerda: ahora me perteneces. No olvides tu parte del trato, porque las consecuencias de traicionarme son mucho peores que la muerte de tu hermano.
Salí de la oficina sintiendo que el aire regresaba a mis pulmones, pero era un aire pesado, cargado de una premonición oscura. Había salvado a mi hermano, sí. Pero al cerrar las puertas de la oficina de Alexander Volkov, sentí que acababa de entrar en una jaula de oro de la que, quizás, nunca saldría ilesa.
Lo que no sabía en ese momento, mientras caminaba hacia el ascensor con el corazón martilleando en mi pecho, era que esa misma noche, una llamada cambiaría los términos de nuestro contrato antes de que siquiera empezara. Porque Alexander Volkov tenía secretos que iban mucho más allá de una herencia, y yo estaba a punto de convertirme en el centro de una guerra que no entendía.
Y lo más peligroso de todo no era su odio, ni su frialdad. Era el hecho de que, por un segundo, cuando él se acercó a mi oído, mi cuerpo no había reaccionado con miedo, sino con una chispa de electricidad que amenazaba con quemar todo el contrato.







