Capítulo 12: El regreso del lobo

El rugido de los motores del jet privado era el único sonido que llenaba la cabina mientras dejábamos atrás la isla de las sombras. Abajo, el Caribe se extendía como una sábana de turquesa que pronto daría paso al gris cemento de la ciudad. A mi lado, Alexander revisaba informes en su tableta, pero su mano izquierda no soltaba la mía. Sus dedos acariciaban inconscientemente el anillo de oro de su madre que ahora brillaba en mi dedo, un símbolo de una alianza que iba mucho más allá de lo legal.

Leo dormía en la parte trasera del avión, bajo la supervisión constante de la enfermera. Estaba estable, pero el ambiente dentro del jet estaba lejos de ser tranquilo. Isabella había sido enviada a una "ubicación segura" bajo la custodia de Viktor, pero sus palabras seguían resonando en mi cabeza como una campana fúnebre.

—Alexander —dije, rompiendo el silencio—. ¿Qué quiso decir Isabella con que Dimitri sabe lo que hiciste? ¿Hay algo más sobre la noche de la cirugía?

Él se tensó, pero esta vez no apartó la mirada. Apagó la tableta y suspiró, frotándose las sienes con la mano libre.

—Elena, para salvar a Leo, tuve que mover fondos que estaban bajo la supervisión directa de los auditores de mi abuelo. Dimitri controla las cuentas de la Fundación con puño de hierro. Sabía que si pedía el dinero de forma oficial, él pondría condiciones que me habrían impedido casarme contigo bajo mis propios términos. Así que... utilicé una vía alternativa.

—¿Robaste a tu propia empresa? —pregunté, abriendo los ojos de par en par.

—Tomé prestado lo que técnicamente me pertenece —corregió él con una sonrisa amarga—. Pero a ojos de la junta directiva y de Dimitri, es malversación. Mi abuelo ha estado guardando esa información como su última carta. No me atacó en la isla porque quería que yo mismo me pusiera la soga al cuello al consolidar el matrimonio. Ahora que estamos casados legalmente, él tiene el poder de denunciarme y quitarme la presidencia, a menos que yo cumpla con su última exigencia.

—El heredero —susurré, sintiendo un nudo en la garganta—. Él quiere un hijo para asegurar que el escándalo de tu arresto nunca salga a la luz, porque destruiría el valor de las acciones.

—Exacto. Un niño Volkov es la única moneda de cambio que él acepta para quemar las pruebas de mi "crimen".

Me recosté en el asiento de cuero, sintiendo que el aire se volvía escaso. Alexander había arriesgado su libertad y su carrera para salvar a mi hermano. No fue solo un contrato frío; fue un sacrificio que ahora lo ponía a merced de un hombre sin escrúpulos.

—No vamos a darle lo que quiere —dije con firmeza—. No de esa manera. No como una transacción de chantaje.

—Lo sé —respondió Alexander, apretando mi mano—. Por eso vamos a aterrizar directamente en el edificio corporativo. Hoy es la reunión del consejo. Dimitri cree que voy a entrar allí para arrodillarme y anunciar que estamos esperando un hijo. En lugar de eso, voy a presentar mi renuncia voluntaria y a nombrar a un sucesor que él no pueda controlar.

—¿Quién?

—Tú.

Me quedé sin habla. El jet empezó su descenso hacia el aeropuerto de la ciudad, y por la ventana vi los rascacielos alzándose como colmillos de acero.

—¿Yo? Alexander, no sé nada de finanzas internacionales. Soy escritora, no CEO.

—Tienes algo que yo he perdido hace mucho tiempo, Elena: integridad. Y según los estatutos originales de mi padre, Thomas, el derecho de sucesión recae en el cónyuge si el titular renuncia bajo coacción. Como mi esposa y como hija de Thomas —porque hoy vamos a revelar tu verdadera identidad ante el consejo—, eres la única persona que Dimitri no puede expulsar sin enfrentarse a una demanda de herencia legítima que congelaría todos sus activos por décadas.

—Es una locura. Me vas a lanzar a los leones.

—Yo seré tu sombra, Elena. Estaré detrás de ti en cada decisión. Pero necesito que entres en esa sala con la cabeza alta. Necesito que dejes de ser la víctima de esta historia y te conviertas en la dueña del tablero.

El avión aterrizó con un golpe seco. Al bajar por la escalerilla, el aire frío de la ciudad me golpeó el rostro, despertando mis sentidos. Una flota de coches negros nos esperaba en la pista. Viktor estaba allí, con el rostro impasible, pero me dedicó un breve asentimiento de respeto que me dio más seguridad que mil palabras.

El trayecto hacia las oficinas centrales de Industrias Volkov fue un borrón de luces y tráfico. Alexander no dejó de darme instrucciones: nombres de accionistas, cifras clave, debilidades de los aliados de su abuelo. Yo absorbía la información como una esponja, sintiendo que la adrenalina reemplazaba al miedo.

Al llegar al rascacielos, la seguridad era máxima. Los empleados nos miraban pasar con una mezcla de asombro y terror. Alexander caminaba con una autoridad renovada, como un rey que se dirige a su última batalla. Subimos al piso 50, donde se encontraba la gran sala de juntas.

Frente a las puertas dobles de roble, Alexander se detuvo. Me arregló el cuello del abrigo y me miró fijamente a los ojos.

—Pase lo que pase ahí dentro, no sueltes mi mano —susurró—. Recuerda que eres una Volkov. De sangre y de nombre.

Entramos.

La sala estaba llena de hombres y mujeres de traje oscuro que guardaron un silencio sepulcral al vernos. En la cabecera de la mesa, Dimitri Volkov presidía la reunión con una sonrisa de suficiencia. Se veía más viejo, pero sus ojos seguían siendo dos pozos de ambición insaciable.

—Alexander —dijo Dimitri, su voz retumbando en la sala—. Llegas tarde. Estábamos a punto de votar sobre tu permanencia en el cargo tras los... recientes informes de auditoría.

—Ahorre el teatro, abuelo —respondió Alexander, caminando hacia el centro de la sala—. No habrá votación. He venido a presentar mi renuncia efectiva de inmediato.

Un murmullo recorrió la sala. Los accionistas se miraron entre sí, confundidos. Dimitri frunció el ceño, su sonrisa desapareciendo lentamente.

—¿Renuncia? ¿Y a quién piensas dejar a cargo? ¿A uno de tus directores comprados?

—No —Alexander me atrajo hacia su lado—. Dejo el cargo en manos de mi esposa, Elena Volkov. Pero antes de que alguien objete, permítanme presentarles las pruebas de ADN ratificadas por tres laboratorios independientes. Elena no es solo mi esposa; es la única hija de Thomas Volkov. La heredera legítima de la rama principal de la familia.

El caos estalló. Varios accionistas se pusieron de pie, gritando preguntas. Dimitri se puso pálido, su mano apretando el borde de la mesa con tanta fuerza que sus nudillos crujieron.

—¡Eso es una farsa! —rugió el anciano—. ¡Esa mujer es una muerta de hambre que él encontró en la calle!

—La "calle" donde tú la enviaste tras exiliar a su madre —dije yo, dando un paso adelante. Mi voz no tembló. Me sorprendió la fuerza que emanaba de mi interior—. He visto los registros de la Fundación, Dimitri. Sé que le pagaste a Marta Castillo para que guardara silencio. Y sé lo que le pasó a mi padre en el muelle 14.

El silencio que siguió fue absoluto. Dimitri se hundió en su silla, dándose cuenta de que el secreto que había guardado por veinticinco años acababa de ser detonado en el corazón de su propio imperio.

—Si intentas impugnar mi sucesión —continué, mirando a cada uno de los accionistas—, cada documento, cada registro de malversación y cada prueba de lo que le ocurrió a Thomas Volkov será entregado a la fiscalía esta misma tarde. Industrias Volkov perderá el 80% de su valor en la bolsa en menos de una hora. ¿Es eso lo que quieren?

Los accionistas, hombres que solo entendían el lenguaje del dinero, miraron a Dimitri con desconfianza. La lealtad al viejo lobo se estaba evaporando ante la amenaza de la ruina financiera.

—Alexander... —susurró Dimitri, mirando a su nieto con un odio puro—. Estás destruyendo todo por lo que trabajamos.

—No, abuelo —respondió Alexander—. Estoy limpiando lo que tú ensuciaste.

En ese momento, la puerta de la sala se abrió de nuevo. Viktor entró con un fajo de carpetas azules.

—Señores —dijo Viktor—, los documentos de transferencia de acciones están listos para ser firmados.

Dimitri miró a su alrededor, buscando un aliado, pero solo encontró rostros fríos. Estaba solo. Su propio nieto y la nieta que nunca quiso reconocer lo habían acorralado en su propio despacho.

Firmé los documentos con una caligrafía firme. Al terminar, Alexander me miró y, frente a todo el consejo, me besó la mano. Ya no era un gesto de actuación; era un acto de sumisión pública ante la nueva reina.

Pero mientras Dimitri salía de la sala, escoltado por la seguridad, se detuvo junto a mí y me susurró al oído con un aliento que olía a ceniza:

—Crees que has ganado, niña. Pero Alexander te oculta algo más. Pregúntale por qué la madre de tu hermano murió realmente. Pregúntale quién conducía el coche esa noche.

El mundo volvió a tambalearse. Miré a Alexander, que estaba recibiendo las felicitaciones de los accionistas, y una nueva sombra de duda se instaló en mi corazón. ¿Era posible? ¿Había otra capa de traición que aún no había descubierto?

La Etapa 2 de nuestra historia terminaba con una victoria corporativa, pero la Etapa 3 —el giro y la traición— estaba empezando a asomar su cabeza. La felicidad era un cristal frágil en el mundo de los Volkov, y yo acababa de descubrir que, incluso en el trono, el pasado seguía teniendo garras.

Me toqué el vientre instintivamente, sintiendo una extraña punzada. Todavía no lo sabía, pero el "acuerdo del heredero" estaba a punto de volverse una realidad física que complicaría todo lo que acabábamos de ganar. La guerra no había terminado; solo había cambiado de campo de batalla. Y Alexander, mi esposo y mi aliado, seguía siendo el hombre con más secretos del mundo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP