La figura ante mí no era una aparición espectral, sino un hombre de carne y hueso, aunque los años de encierro habían dejado sus huellas en cada surco de su rostro. Thomas Volkov, el hombre que debería haber sido mi padre, el fantasma que había perseguido la vida de mi madre y el secreto que sostenía el imperio de Alexander, estaba frente a mí. Su ropa, una túnica de lino gris desgastada, parecía un sudario. Sus manos, finas y elegantes, temblaban ligeramente mientras las sostenía frente a él,