Capítulo 10: El fantasma de Thomas

La figura ante mí no era una aparición espectral, sino un hombre de carne y hueso, aunque los años de encierro habían dejado sus huellas en cada surco de su rostro. Thomas Volkov, el hombre que debería haber sido mi padre, el fantasma que había perseguido la vida de mi madre y el secreto que sostenía el imperio de Alexander, estaba frente a mí. Su ropa, una túnica de lino gris desgastada, parecía un sudario. Sus manos, finas y elegantes, temblaban ligeramente mientras las sostenía frente a él, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—¿Papá? —la palabra salió de mis labios como un susurro roto, un sonido extraño que parecía ajeno a mi propia voz.

Él dio un paso hacia adelante, intentando alcanzarme, pero se detuvo cuando el chirrido de una puerta metálica resonó al fondo del pasillo. El pánico, frío y punzante, me devolvió a la realidad. Si Alexander encontraba a Thomas aquí, fuera de su celda, las consecuencias serían inimaginables.

—No debes estar aquí, Elena —dijo él, y su voz era como el crujido de hojas secas—. Alexander... él no es quien crees. Él me mantiene aquí para... para evitar que Dimitri acabe conmigo. Pero tú eres la llave de todo. Tu sola existencia es una amenaza para el trono que él tanto ha luchado por proteger.

—¿Protegerte? —las palabras me salieron con una amargura que ni siquiera sabía que poseía—. Él me ha mentido cada segundo. Me ha dicho que eras un recuerdo, que habías muerto en el mar. ¡Ha construido su vida sobre la base de tu ausencia y el silencio de mi madre!

—Él no tuvo opción —respondió Thomas, acercándose un poco más. Sus ojos, del mismo gris tormentoso que los de Alexander, se clavaron en los míos con una intensidad desesperada—. Dimitri es un hombre capaz de borrar linajes enteros con una llamada telefónica. Alexander te trajo aquí para tenerte cerca, para controlarte, sí, pero también para asegurar que fueras la única persona que él pudiera manipular lo suficiente para que no fueras una víctima más.

—¡Eso no es amor, es control! —grité, aunque mi voz se perdió en la inmensidad del pasillo—. ¡No dejaré que me digas que el hombre que me ha usado como una pieza de ajedrez está tratando de salvarme!

De repente, una sombra se alargó por el suelo. Unos pasos firmes, calculados, resonaron contra el mármol. El aire en la habitación cambió, volviéndose denso, eléctrico. Alexander estaba allí.

No lo vi llegar, pero su presencia era un peso que oprimía el pecho. Estaba de pie en la entrada del cuarto de control, su silueta recortada por la luz tenue del pasillo. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos... sus ojos ardían con una furia que nunca antes había visto.

—Vete, Elena —dijo Alexander, su voz baja y gélida—. Vuelve a tu habitación. Esto no te concierne.

—¿No me concierne? —me giré hacia él, desafiante, ignorando el miedo que su sola presencia me provocaba—. Es mi padre, Alexander. ¡Has tenido a mi padre encerrado en tu propia casa mientras me obligabas a jugar a ser tu esposa obediente!

Alexander caminó lentamente hacia nosotros. Cada paso que daba era una sentencia. Thomas dio un paso atrás, como si su instinto de supervivencia le recordara el poder que su propio hijo, o más bien, su sucesor, ejercía sobre su mundo.

—No está encerrado en una jaula, Elena. Está bajo protección —dijo Alexander, deteniéndose frente a Thomas—. Padre, vuelve a tus aposentos. Tenemos un protocolo que seguir.

Thomas miró a Alexander con una mezcla de miedo y una lealtad retorcida. Asintió, sin atreverse a contradecirlo, y se retiró por una puerta lateral que no había notado hasta ese momento. Me quedé sola con Alexander en el pequeño cuarto de control, rodeada de pantallas que mostraban cámaras de seguridad de toda la isla.

—¿Así es como funciona todo? —pregunté, acercándome a él, invadiendo su espacio personal a pesar de que el miedo me golpeaba el estómago—. ¿Encerrando a la gente en torres de marfil para que el mundo no sepa que tus pecados siguen vivos?

Alexander extendió una mano y agarró mi barbilla, obligándome a mirarlo. Su tacto era firme, posesivo, pero no hubo rudeza en el gesto. Había una desesperación cruda que no lograba ocultar.

—Tú no entiendes la escala de esto, Elena. Si Dimitri supiera que Thomas sigue vivo, no habría protección suficiente en el mundo para salvarlo. O a ti. Lo he mantenido a salvo por años, gastando fortunas, moviendo hilos, sacrificando mi propia paz para que al menos un pedazo de mi familia no fuera destruido por la sed de poder de mi abuelo.

—Me mentiste —insistí, sintiendo que mis ojos se humedecían—. Me hiciste creer que éramos iguales, dos personas unidas por un contrato, cuando en realidad yo era solo otra persona a la que tenías que "gestionar".

—Te traje aquí porque empezabas a hacer preguntas. Porque Julián y Isabella empezaban a husmear en tu pasado —dijo Alexander, soltando mi barbilla y pasando una mano por su cabello—. Te casé porque eres el único escudo que tengo contra Dimitri. Si eres mi esposa, él no puede tocarte sin atacar a su propio sucesor. Y ahora que sabes la verdad, te has convertido en un objetivo.

—Entonces déjame ir —dije, sintiendo que las lágrimas finalmente caían—. Si soy un peligro para ti, si soy una pieza que no puedes controlar, déjame ir. Llévame lejos de esta isla, a mí y a Leo. No quiero tu imperio, no quiero tus zafiros, no quiero tus secretos.

Alexander se acercó, atrapándome entre su cuerpo y la consola central del cuarto de control. Sus ojos, los mismos ojos que los de Thomas, se suavizaron por un breve segundo, revelando una vulnerabilidad que me dejó sin aliento.

—¿Crees que puedes irte? —susurró, rozando mis labios con los suyos—. Elena, en el momento en que pisaste mi oficina y firmaste ese contrato, dejaste de ser una extraña. Te has convertido en parte de mi arquitectura. Si te vas, todo se derrumba. No solo el imperio... yo me derrumbo.

El beso que siguió no fue un contrato, ni una estrategia de negocios, ni una forma de sedación. Fue un beso desesperado, lleno de una urgencia que no tenía lógica alguna. Sabía que me estaba engañando, que estaba siendo manipulada, pero mis labios, traidores, respondían a la presión de los suyos como si estuvieran buscando la verdad en la oscuridad de su boca.

Alexander me apretó contra su cuerpo, sus manos subiendo por mi espalda con una intensidad que parecía querer fundirnos en uno solo. Durante un momento infinito, el odio, las mentiras sobre mi padre y el chantaje de Dimitri desaparecieron. Solo quedaba el calor de su piel, el ritmo de su corazón contra el mío y la sensación de que, a pesar de todo, estábamos atrapados en el mismo naufragio.

Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Sus ojos grises estaban oscuros, nublados por una emoción que no podía nombrar, pero que reconocí como el principio de algo peligroso.

—Esta noche —dijo él, su voz apenas un hilo—, vas a dormir en mi habitación. No porque quiera forzarte, sino porque la seguridad de la isla es máxima allí. Alguien ha vulnerado mis sistemas. Alguien sabe que Thomas está aquí. Y no me arriesgaré a perderte, Elena. No esta noche.

—¿Cómo sé que no eres tú el que está jugando conmigo? —pregunté, sintiendo que la realidad se volvía borrosa—. ¿Cómo sé que Thomas no está aquí para servir a tus planes y no a los míos?

Alexander se alejó, su rostro recuperando la máscara de CEO impecable.

—No puedes saberlo —admitió con una sinceridad brutal—. Pero puedes elegir en quién confiar. Puedes confiar en Dimitri, que te ve como una amenaza. Puedes confiar en Isabella, que te ve como un obstáculo. O puedes confiar en el hombre que, a pesar de todos sus pecados, ha mantenido a tu padre vivo y a tu hermano sano.

Se dio la vuelta y salió del cuarto, dejándome sola frente a las pantallas de seguridad que ahora volvían a parpadear con imágenes estáticas. Volví a mirar las cámaras, buscando cualquier rastro de intrusos. En una de las pantallas, en el pasillo que llevaba a la enfermería donde estaba Leo, vi algo que me heló la sangre.

Una figura, vestida completamente de negro, se movía por el pasillo con una agilidad que no era humana. No era Thomas. No era un guardia. Era alguien que se movía con el propósito de un asesino.

Mi corazón se disparó. Si Alexander tenía razón y mi vida estaba en peligro, no era por el secreto de mi origen, era por algo que estaba ocurriendo en ese mismo instante. Sin pensar en los riesgos, salí corriendo del cuarto de control, ignorando las órdenes de Alexander. Tenía que llegar a Leo antes que esa figura.

Mientras corría por los pasillos de mármol, la realidad de mi situación me golpeó con fuerza. La isla no era un refugio; era una trampa. Y yo, que me creía una prisionera del pasado, acababa de convertirme en la protectora del futuro de mi familia. Pero mientras doblaba la esquina hacia la habitación de Leo, me encontré de frente con la última persona que esperaba ver en una isla privada: Isabella.

Estaba allí, con una sonrisa de victoria en sus labios y un arma pequeña, elegante y letal, apuntando directamente a mi pecho.

—Vaya, Elena —dijo ella, su voz suave como el veneno—. Te dije que Alexander no podría protegerte de todo. Y la verdad sobre tu padre es solo el principio de lo que voy a destruir esta noche.

La isla se había quedado sin escapatorias. La guerra no era por la herencia; era por la supervivencia. Y Isabella no venía a negociar. Venía a terminar con el linaje Volkov, empezando por mí. Mientras mis dedos buscaban desesperadamente algún objeto con el que defenderme, entendí que esta noche no se trataba de contratos, ni de amor, ni de verdades familiares. Se trataba de quién saldría viva de la isla de las sombras. El juego había terminado, y la cacería acababa de comenzar.

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