Mundo ficciónIniciar sesiónEl amanecer en los suburbios de la ciudad nunca había sido tan silencioso. Eran las cinco de la mañana cuando el rugido de un motor de alta gama rompió la paz de mi callejuela. Me asomé por la ventana desvencijada de mi apartamento y vi un sedán negro, blindado y reluciente, estacionado justo frente a la entrada. El contraste era casi cómico: un coche que valía más que todo el edificio parado frente a una fachada con la pintura descascarada.
No había dormido. Había pasado la noche empacando una pequeña maleta con lo poco que sentía que aún me conectaba con quien yo era: unas fotos de mi hermano, mi diario y un viejo suéter de lana que olía a casa. Pero al recordar las palabras de Alexander —“nada de lo que posees es digno del armario de mi esposa”—, sentí una punzada de humillación.
Bajé las escaleras con las piernas pesadas. El chofer, un hombre de rostro imperturbable llamado Viktor, me abrió la puerta sin decir palabra. El interior del vehículo olía a cuero nuevo y a ese aroma a éxito que parecía perseguir a Alexander a todas partes.
—Señorita Castillo, el señor Volkov la espera en la propiedad de la zona norte —dijo Viktor mientras se incorporaba al tráfico.
—¿No vamos a la oficina? —pregunté, tratando de disimular los nervios.
—El señor Volkov ha decidido que su "transformación" debe comenzar hoy mismo. Tenemos una agenda apretada antes de la gala benéfica de la fundación "Raíces de Oro" de este fin de semana. Su debut oficial.
El viaje duró cuarenta minutos. Dejamos atrás los edificios grises y las calles ruidosas para entrar en una zona donde los árboles eran altos y las cercas de hierro ocultaban mansiones que parecían fortalezas. Cuando los portones de la residencia Volkov se abrieron, se me cortó la respiración. Era una estructura de cristal y acero, una obra maestra de la arquitectura moderna rodeada de jardines que parecían diseñados por un geómetra obsesivo.
Viktor me guio por el vestíbulo de mármol blanco hasta un salón amplio donde Alexander estaba sentado, leyendo unos informes en una tablet mientras bebía café negro. No llevaba el traje completo de ayer; vestía una camisa de seda gris oscuro con los primeros botones desabrochados y las mangas remangadas, revelando unos antebrazos potentes y un reloj que probablemente costaba más que mi educación universitaria.
—Llegas tres minutos tarde —dijo sin levantar la vista.
—El tráfico no depende de mis ganas de estar aquí, señor Volkov.
Él dejó la tablet sobre la mesa y me miró. Su mirada recorrió mi maleta barata con un desdén evidente.
—Viktor, deshazte de esa maleta. Quémala si es necesario —ordenó Alexander con una naturalidad aterradora.
—¡Espera! —exclamé, dando un paso al frente—. Ahí están mis fotos y mis cosas personales. No puedes simplemente...
Alexander se levantó. Su presencia llenó el espacio al instante, haciéndome sentir pequeña de nuevo. Se acercó a mí con pasos lentos, deteniéndose a solo unos centímetros. Su aroma me envolvió, una mezcla de tabaco caro y una masculinidad agresiva que hacía que mis instintos de lucha o huida se activaran.
—Desde el momento en que firmaste ese contrato, Elena, aceptaste ser moldeada. No puedes presentarte ante mi abuelo o ante el consejo editorial con el aspecto de una estudiante de literatura muerta de hambre. A partir de hoy, cada prenda que toque tu piel, cada palabra que salga de tu boca y cada pensamiento que tengas en público debe gritar "Volkov". ¿Entendido?
Me mordí el labio, sintiendo una furia sorda arder en mi pecho. Pero asentí. Por mi hermano. Siempre por mi hermano.
—Viktor, retira los objetos personales y destruye el resto —concedió Alexander, aunque sus ojos no se apartaron de los míos—. Elena, sígueme.
Me llevó a la planta superior, a una suite que era más grande que todo mi apartamento. El vestidor estaba lleno de bolsas de marcas que solo había visto en revistas de lujo. Había un equipo de tres personas esperando: una estilista, una maquilladora y un hombre que sostenía una paleta de colores de cabello como si fuera un arma.
—Tienen tres horas —dijo Alexander a los profesionales—. Quiero que parezca dinero antiguo. Elegancia, misterio y una pizca de sumisión, aunque sé que esto último será lo más difícil de fingir.
Las horas siguientes fueron un torbellino de humillación y lujo. Me lavaron, me exfoliaron, me cortaron el cabello y lo tiñeron hasta que brilló como el chocolate amargo. Me obligaron a probarme vestidos de seda que se pegaban a mis curvas de una forma que me hacía sentir peligrosamente expuesta, a pesar de estar cubierta.
Finalmente, la estilista me puso un vestido de noche color verde esmeralda, de espalda descubierta y escote discreto pero matador. Me miré al espejo y no me reconocí. La mujer que me devolvía la mirada parecía alguien capaz de manejar imperios, no alguien que contaba los centavos para pagar la renta.
—El señor Volkov la espera en el comedor para almorzar —anunció la maquilladora.
Bajé las escaleras con cuidado, sintiendo el peso de los tacones de aguja. Alexander estaba en la mesa, pero esta vez no estaba solo. Un hombre mayor, de cabello canoso y ojos tan afilados como los de Alexander, estaba sentado frente a él.
—Ah, aquí está la misteriosa prometida —dijo el hombre mayor, poniéndose de pie con una elegancia de la vieja escuela.
—Elena, te presento a mi abuelo, Dimitri Volkov —dijo Alexander, levantándose también. Se acercó a mí y, en un movimiento que me tomó por sorpresa, rodeó mi cintura con su brazo y me atrajo hacia él. Sus dedos se hundieron ligeramente en mi piel, una advertencia silenciosa—. Querido abuelo, te dije que era una joya escondida.
Dimitri me estudió con una intensidad que me hizo querer encogerme.
—Es hermosa, Alexander. Pero la belleza es barata. Lo que necesito saber es si tiene la columna vertebral para llevar este apellido. No queremos otra modelo que huya al primer escándalo de la prensa, ¿verdad?
Alexander apretó más su agarre. Pude sentir el calor de su cuerpo a través del vestido.
—Elena no es como las demás —dijo Alexander, y por un momento, su voz sonó casi convincente—. Ella entiende perfectamente lo que está en juego. ¿No es así, amor mío?
La palabra "amor" sonó como un insulto en sus labios. Miré a Dimitri y forcé la mejor sonrisa de mi repertorio.
—El señor Volkov... Alexander, me ha enseñado que en esta familia la lealtad es la moneda más valiosa. Y yo soy una mujer muy leal —dije, sintiendo el sabor amargo de la mentira.
Dimitri asintió, pareciendo satisfecho por el momento. Se retiró poco después, dejándonos solos en el comedor inmenso. En cuanto la puerta se cerró, Alexander me soltó como si mi contacto le quemara.
—No estuvo mal —comentó, volviendo a su café—. Pero tu sonrisa fue demasiado rígida. En la gala del sábado habrá fotógrafos. Si pareces una estatua de cera, los rumores de que esto es un montaje empezarán a circular antes de que sirvan el champán.
—Hice lo que pude —respondí, sentándome en la silla más cercana—. Es difícil fingir afecto por alguien que quiere quemar mis pertenencias.
Alexander se inclinó sobre la mesa, sus ojos grises fijos en los míos.
—Escúchame bien, Elena. Esto no es un juego. Mi abuelo no es tonto. Si sospecha por un segundo que este matrimonio no es real, detendrá el fideicomiso. Y si eso pasa, el dinero que envié a ese hospital será retirado. ¿Entiendes las implicaciones?
El aire se escapó de mis pulmones.
—¿Me estás amenazando con la vida de mi hermano? Ya pagaste la cirugía.
—Pagué el depósito y la primera intervención. Hay cuidados postoperatorios, tratamientos y una recuperación larga. Todo eso depende de que sigas siendo la perfecta señora Volkov durante los próximos doce meses.
Me levanté, temblando de rabia.
—Eres un monstruo.
Alexander se encogió de hombros, con una frialdad que me heló la sangre.
—Soy un hombre de negocios. Y tú eres mi activo más importante ahora mismo. Ve a tu habitación. Practica cómo caminar con esos zapatos. Cenaremos a las ocho. Y Elena... —se detuvo antes de que yo cruzara el umbral—. No intentes contactar a nadie de tu vida anterior. Tu teléfono ha sido reemplazado. A partir de ahora, tu mundo empieza y termina en esta casa.
Subí a mi habitación, que ahora se sentía más como una celda que como un refugio. Me dejé caer en la cama inmensa, rodeada de sedas y perfumes caros, y por primera vez desde que firmé ese contrato, lloré. Lloré por mi hermano, lloré por mi libertad perdida y lloré porque, en el fondo de mi mente, una parte traidora de mí no podía olvidar la sensación de la mano de Alexander en mi cintura.
Esa noche, mientras el silencio de la mansión me envolvía, me di cuenta de que Alexander Volkov no solo quería mi obediencia. Quería mi rendición total. Y lo más aterrador era que él tenía todas las armas para lograrlo.
Pero lo que Alexander no sabía es que, aunque había comprado mi presente, aún no era dueño de mi espíritu. Y mientras miraba el anillo de compromiso de diamantes que ahora pesaba en mi mano, juré que, si iba a vivir en el infierno, me encargaría de que él también sintiera las llamas.
Sin embargo, el destino tenía otros planes. Cerca de la medianoche, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso. Alexander entró, su camisa aún más desaliñada, con una botella de whisky en la mano y una mirada que no había visto antes. No era frialdad lo que había en sus ojos, era una tormenta de algo mucho más oscuro y peligroso.
—El contrato tiene una cláusula nueva, Elena —dijo con voz pastosa, cerrando la puerta tras de sí—. Una que olvidé mencionar.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas.
—¿De qué estás hablando? Alexander, sal de aquí, estás ebrio.
Él se acercó a la cama, ignorando mis palabras. El peligro que irradiaba era tangible, eléctrico.
—Mi abuelo quiere un heredero —susurró, inclinándose sobre mí, atrapándome entre su cuerpo y el colchón—. Y no está dispuesto a esperar un año para saber si somos fértiles.
El contrato de un año acababa de volverse una cadena perpetua. Y en sus ojos grises, vi que no tenía intención de dejarme escapar.







