El frío del cañón de la pequeña pistola de Isabella parecía irradiar una temperatura glacial que congeló mis pulmones. Estábamos en el pasillo lateral, a escasos metros de la habitación donde mi hermano descansaba tras su cirugía. El silencio de la mansión, antes pacífico, ahora se sentía como una mortaja. Isabella lucía impecable, ni un solo cabello fuera de lugar a pesar de haber burlado la seguridad de la isla privada más custodiada del mundo. Su sonrisa no era de odio puro, sino de una sati