Capítulo 11: El filo de la traición

El frío del cañón de la pequeña pistola de Isabella parecía irradiar una temperatura glacial que congeló mis pulmones. Estábamos en el pasillo lateral, a escasos metros de la habitación donde mi hermano descansaba tras su cirugía. El silencio de la mansión, antes pacífico, ahora se sentía como una mortaja. Isabella lucía impecable, ni un solo cabello fuera de lugar a pesar de haber burlado la seguridad de la isla privada más custodiada del mundo. Su sonrisa no era de odio puro, sino de una satisfacción intelectual; disfrutaba de este momento como si fuera el clímax de una obra de teatro perfectamente ejecutada.

—¿Cómo entraste aquí? —pregunté, forzando a mis cuerdas vocales a obedecer mientras mantenía las manos a la vista, las palmas abiertas en un gesto de falsa sumisión.

—Oh, Elena. Alexander es brillante, pero su arrogancia es su punto débil —dijo ella, dando un paso lateral para bloquear por completo el acceso a la enfermería—. Él cree que posee la lealtad de sus hombres porque les paga fortunas, pero el miedo a Dimitri siempre será un motivador más potente que el dinero de Alexander. ¿Realmente creías que un par de guardias en la costa detendrían a la mujer que ha sido preparada para este imperio desde la cuna?

Mi mente trabajaba a mil revoluciones. Tenía que distraerla, ganar tiempo para que Alexander o Viktor notaran la brecha en la seguridad. Pero Isabella era inteligente; sabía exactamente qué botones presionar.

—Dimitri te envió —afirmé, tratando de mantener mi voz firme—. Él no quiere que yo sea la esposa de Alexander, pero tampoco quiere que la verdad sobre Thomas salga a la luz. Tú eres su solución de limpieza.

Isabella soltó una risita melódica, un sonido que me revolvió el estómago.

—Dimitri es un anciano sentimental a su manera. Él quería que esto fuera discreto. Pero yo... yo tengo mis propios intereses. Verás, Elena, Alexander me rechazó no por falta de belleza o intelecto, sino por esa absurda obsesión que tiene de no ser controlado. Y luego apareces tú. Una cenicienta de barrio con una sangre que ni siquiera sabías que tenías. Tu sola presencia es un insulto a todo lo que he construido.

—Si me matas aquí, Alexander te destruirá —le advertí—. No podrá encubrirlo.

—Alexander estará demasiado ocupado llorando su propia caída —respondió ella, y vi cómo su dedo se tensaba sobre el gatillo—. Una muerte accidental en una isla privada... una tragedia provocada por un intruso desconocido. O tal vez, por tu propio padre, ese pobre hombre trastornado que Alexander ha mantenido oculto ilegalmente. ¿Ves el cuadro, Elena? Alexander va a la cárcel por secuestro y negligencia, tú mueres como la víctima colateral, y yo consuelo a Dimitri mientras heredo el control que Alexander perderá por su debilidad.

En ese momento, una sombra se movió al final del pasillo. No fue un movimiento brusco, sino una presencia que se materializó desde la oscuridad de las columnas de mármol. Alexander apareció, pero no traía un arma. Sus manos estaban vacías, su rostro era una máscara de absoluta calma, esa frialdad de CEO que usaba para cerrar tratos multimillonarios, ahora aplicada a una situación de vida o muerte.

—Isabella, baja el arma —dijo Alexander. Su voz no era un grito, era un comando que vibraba en las paredes—. Ya has perdido. Viktor ha neutralizado a los tres hombres que trajiste en la lancha. Estás sola.

Isabella no se giró. Sabía que Alexander no dispararía si ella tenía el arma apuntando a mi corazón.

—Llegas tarde, querido —dijo ella sin apartar la vista de mí—. Tus sistemas están caídos. Tus hombres están confundidos. Y yo tengo lo que tú más valoras. No a Elena, sino tu reputación. El secreto de Thomas ya está en manos de un servidor externo. Si no salgo de aquí con lo que quiero, mañana el mundo sabrá que el gran Alexander Volkov es un secuestrador de su propio padre.

—¿Y qué es lo que quieres? —preguntó Alexander, dando un paso corto hacia adelante.

—Quiero el documento de nulidad firmado. Y quiero que Elena desaparezca. No muerta, si tanto te importa —añadió con un rastro de desdén—, pero lejos. Un exilio permanente con su hermano. Fuera de mi camino. Fuera de tu vida.

Miré a Alexander. Por un segundo, vi la duda cruzar sus ojos. Era el dilema definitivo: su imperio contra mi presencia. Si firmaba la nulidad, yo perdía el apellido, perdía el escudo y volvía a ser la Elena vulnerable de antes, pero al menos Leo y yo estaríamos vivos. Sin embargo, sabía que Isabella mentía. Ella no nos dejaría ir. Una vez que tuviera el poder, nos eliminaría para no dejar cabos sueltos.

—No lo hagas, Alexander —dije, dando un paso hacia Isabella, ignorando el arma que ahora presionaba contra mi esternón—. Ella no va a cumplir su palabra.

—¡Cállate! —siseó Isabella, perdiendo por un momento su compostura perfecta.

Alexander aprovechó ese segundo de distracción. No corrió hacia ella, sino que lanzó un objeto pesado —su propio reloj de platino— hacia el ventanal de cristal al final del pasillo. El estallido del vidrio rompiéndose fue ensordecedor en el silencio de la noche. Isabella se sobresaltó, su instinto de protección haciéndola girar la cabeza hacia el ruido.

Fue todo lo que necesité. Golpeé su mano con fuerza, desviando la trayectoria del arma justo cuando un disparo sordo resonó en el pasillo. La bala se incrustó en el techo de mármol. Alexander se lanzó sobre ella con una ferocidad que me dejó sin aliento, desarmándola en un movimiento experto y lanzando la pistola lejos, hacia el final del corredor.

Viktor apareció un segundo después, tomando a Isabella por los brazos con una fuerza que la hizo soltar un grito de rabia pura.

—Sácala de aquí —ordenó Alexander, su pecho subiendo y bajando con fuerza—. Ponla en la celda de seguridad de la planta baja. Y asegúrate de que no tenga acceso a ningún dispositivo.

—¡Esto no ha terminado, Alexander! —gritó Isabella mientras era arrastrada—. ¡Dimitri sabe lo que hiciste! ¡Él nunca la aceptará!

Cuando el silencio regresó, me quedé apoyada contra la pared, temblando incontrolablemente. Alexander se acercó a mí. Esta vez, no hubo vacilación. Me tomó entre sus brazos y me apretó contra su pecho con una fuerza que parecía querer protegerme de todo el universo. Podía sentir el latido errático de su corazón contra el mío, un ritmo frenético que desmentía su aparente calma de hace unos momentos.

—Estás a salvo —susurró contra mi cabello—. Estás a salvo, Elena. Lo siento. Nunca debí dejar que llegara tan lejos.

—Ella tiene razón en algo —dije, separándome un poco para mirarlo a los ojos—. Dimitri no se detendrá. Y ahora ella sabe lo de tu padre. Ya no es solo un contrato, Alexander. Es una guerra total.

Él me tomó el rostro con ambas manos. Sus pulgares acariciaron mis mejillas, limpiando las lágrimas que no sabía que estaba derramando.

—Entonces lucharemos —dijo con una resolución que me estremeció—. Pero no como socio y activo. Ni como prisionera y carcelero.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó un anillo. No era el anillo de compromiso de diamantes ostentosos que me había dado para la prensa, ni la banda de platino del matrimonio civil. Era un anillo antiguo, de oro desgastado con un pequeño escudo grabado que apenas se distinguía.

—Este era el anillo de mi madre —confesó, su voz bajando a un tono de vulnerabilidad absoluta—. Se lo quitó antes de que Dimitri la echara de la familia. Me dijo que solo se lo diera a la mujer por la que estuviera dispuesto a perderlo todo.

—Alexander... —mi voz se quebró.

—No me digas nada todavía —me interrumpió—. Sé que te he mentido. Sé que te he usado. Pero esta noche, cuando vi a Isabella apuntándote, entendí que el imperio no significa nada si no estás tú para desafiarme cada mañana. Elena, el contrato original ha muerto. Quiero un nuevo trato. Uno real. Quédate conmigo, no por Leo, no por el dinero, sino porque eres la única persona que me hace sentir que todavía soy humano.

Miré el anillo y luego a él. Sabía que aceptar esto era entrar de lleno en el nido de víboras, que los peligros apenas estaban comenzando y que la sombra de Dimitri Volkov se cernía sobre nosotros con más fuerza que nunca. Pero también sabía que, a pesar de las mentiras y los secretos, Alexander era el único que me había dado la oportunidad de luchar por mi propia vida.

—Acepto —dije, dejando que deslizara el anillo de oro en mi dedo—. Pero bajo mis términos, Alexander. No más secretos. No más "protecciones" que se sienten como jaulas. Si vamos a enfrentar a tu abuelo, lo haremos como iguales.

Él asintió, sellando el pacto con un beso que no sabía a transacción ni a desesperación, sino a una promesa de guerra compartida.

—De acuerdo, señora Volkov. Prepárate. Porque mañana volvemos a la ciudad. Y vamos a reclamar lo que es nuestro.

Pero mientras caminábamos hacia la habitación de Leo para asegurarnos de que estuviera bien, vi a Thomas observándonos desde la sombra de un arco. Su mirada no era de alivio, sino de una profunda tristeza. Él sabía algo que nosotros todavía no. El secreto de la Fundación Volkov era mucho más profundo que un simple pago a mi madre, y la verdadera razón por la que Dimitri nos quería unidos estaba a punto de revelarse de la forma más devastadora posible.

La Etapa 2 había llegado a su clímax. La intimidad forzada se había convertido en una alianza real, pero en el mundo de los millonarios, el amor es a menudo el preludio de la traición más grande de todas. Y mientras Alexander me abrazaba, yo no podía dejar de pensar en las últimas palabras de Isabella: "Dimitri sabe lo que hiciste". ¿A qué se refería exactamente? ¿Había algo que Alexander aún me ocultaba sobre la noche en que mi hermano fue ingresado en el hospital?

El sol empezó a asomar por el horizonte del Caribe, tiñendo el mar de un rojo sangre. El nuevo contrato estaba firmado en nuestros corazones, pero el precio a pagar apenas estaba siendo calculado por el hombre que lo controlaba todo desde su despacho en la ciudad. La verdadera batalla por el legado Volkov acababa de comenzar.

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