El hidroavión descendió sobre las aguas turquesas del Caribe con una suavidad insultante, contrastando con el caos que rugía en mi pecho. Frente a nosotros, emergiendo del mar como una joya solitaria y prohibida, se alzaba la Isla Volkov. No era solo una propiedad; era un dominio privado donde las leyes del mundo exterior parecían no tener efecto.
Alexander permanecía sentado frente a mí, envuelto en un silencio sepulcral. Llevaba unas gafas de sol oscuras que ocultaban cualquier rastro de sus