El eco de los pasos de los últimos directores de París se desvaneció por completo al cerrarse las pesadas puertas de caoba.
El silencio regresó de golpe a la inmensidad de la sala de juntas del rascacielos negro, pero ya no era ese ambiente hostil que nos había recibido por la mañana. Se sentía como el final de una batalla campal donde la farsa pública de nuestro compromiso había salido completamente invicta.
Permanecí de pie junto al gran ventanal panorámico, contemplando el movimiento del dis