Cuando por fin pude escapar del rascacielos negro y volver a mi taller de costura, sentí que el aire cambiaba de textura. El zumbido de las máquinas, el olor a tela nueva, los maniquíes vestidos de seda a medio terminar: todo eso era mío, era real, era lo único que la Corporación Vardan aún no había logrado arrebatarme. Después del juicio ante los directores del extranjero, necesitaba ese refugio con desesperación. Además quería recordar quién era yo antes de firmar aquel pacto que me convirtió