Al terminar la cena de cumpleaños, el ambiente del salón se volvió aún más denso, cargado de una intimidad que me costaba trabajo gobernar en el pecho.
Ezra dejó su vaso sobre la mesa de la cocina y caminó hacia la consola de madera oscura de la entrada, extrayendo un sobre de papel fino con el sello lacrado de su buffet de abogados. Regresó a la barra con esa prestancia imponente que dominaba el rincón financiero, deteniéndose frente a mí con una seriedad que me aceleró los latidos del corazón