Las puertas doradas de la suite nupcial se cerraron a nuestras espaldas con un sutil zumbido electrónico, reinstalando la quietud densa que dominaba el piso presidencial.
Ezra caminó en silencio hacia el vestidor, despojándose del abrigo oscuro con un movimiento pausado que delataba el agotamiento oculto tras sus hombros atléticos. Yo me quedé quieta en el centro del salón, con el cuerpo envuelto en el satén de mi vestido de noche y los pies descalzos sobre la superficie pulida del suelo.
Levan