Mundo ficciónIniciar sesión—Suéltame, Ezra. Me voy de aquí ahora mismo —le siseé entre dientes, intentando zafar mi muñeca de su agarre con un movimiento brusco. Mi corazón martilleaba mi pecho con una violencia incontrolable. Todo esto era una locura.
Antes de que pudiera gritar o armar un escándalo en medio de los pasillos principales, las puertas laterales se abrieron y un asistente de la corporación, vestido con un traje formal y sosteniendo una pantalla digital, entró corriendo con el rostro empapado en sudor y una expresión de pánico absoluto.
—¡Señor Vardan! Qué bueno que lo encuentro —dijo el asistente, respirando de forma entrecortada debido a la prisa—. La prensa local se enteró de que usted está aquí acompañado de una señorita en un evento privado. Hay decenas de reporteros de revistas financieras y de sociedad exigiendo una declaración oficial en la alfombra roja del salón principal. Su padre también está en la línea telefónica ahora mismo.
Las acciones de la corporación están fluctuando en el mercado debido a los rumores de un misterioso compromiso. Tenemos que dar un comunicado de prensa de inmediato para calmar las especulaciones de los inversores. Ezra no apartó sus ojos grises de los míos ni un solo segundo. En lugar de responderle al empleado en medio del pasillo, me tomó firmemente de la muñeca y, con un movimiento rápido e impositivo, me arrastró hacia una de las puertas laterales del pasillo, empujándome con suavidad hacia el interior de una oficina de servicio completamente vacía.
Cerró la puerta de un golpe a nuestras espaldas, dejando al asistente afuera y aislando el eco de la fiesta. La habitación era pequeña, lo que obligó a que nuestros cuerpos quedaran peligrosamente cerca. Podía sentir el calor que emanaba de su pecho y el aroma de su loción llenando el reducido espacio.
--¿Qué crees que haces? Suéltame —le siseé, intentando retroceder, pero mi espalda chocó contra la pared. Ezra dio un paso al frente, acorralándome por completo con su imponente estatura. Apoyó una de sus manos en la pared, justo al lado de mi cabeza, reduciendo la distancia entre ambos hasta que su aliento rozó mi piel.
—¿Qué dices, Bianca? —me preguntó en un susurro pausado, letal y sumamente concentrado, fijando su mirada en mis ojos con una intensidad que me cortó la respiración—. ¿Quieres recuperar tus cinco mil dólares en este instante e intentar salir sola a que la prensa te destruya... o quieres quedarte con el imperio entero por seis meses como mi prometida oficial ante el consejo de administración?
Miré nuestras manos unidas. El orgullo, la necesidad económica y el deseo de venganza se mezclaron en mi pecho en un cóctel destructivo que me nubló el juicio por un instante. Pensé en la cara de Cristhian y Vanessa, pensé en mis deudas, pero ver la absoluta certeza calculadora en el rostro de Ezra me dio una bofetada de realidad. No iba a permitir que un multimillonario arrogante me manejara como a una de sus propiedades comerciales para salvar sus inversiones.
--No quiero tu dinero, ni tu farsa, Vardan. No cuentes conmigo para tus juegos corporativos —le respondí, zafando mi mano de su agarre con toda la fuerza que me quedaba—. El trato se terminó aquí mismo. Me largo a mi casa. Una sonrisa lenta, fría y sumamente desconcertante apareció en los labios de Ezra. En lugar de enfurecerse o perder los estribos, abrió la puerta del cuarto privado y se dirigió hacia su asistente, que aguardaba afuera con rostro pálido.
—Cancela el comunicado de prensa de inmediato —ordenó Ezra con una voz de mando implacable que no admitía réplicas—. Dile al equipo de seguridad que bloquee el acceso principal del vestíbulo para los reporteros y prepara la salida de servicio del sótano ahora mismo. Nos vamos por el área de carga.
Antes de que pudiera reaccionar, dar un paso hacia atrás o protestar, Ezra me tomó firmemente del antebrazo con un gesto protector pero impositivo, y me guió con rapidez a través de un laberinto de pasillos internos del hotel que estaban restringidos para el público común. Sabía exactamente cómo moverse por las estructuras de su edificio para evadir los flashes de los fotógrafos.
Minutos después, estábamos bajando por unas escaleras de concreto gris hacia el estacionamiento subterráneo privado. El chofer ya nos esperaba con el motor encendido del lujoso sedán negro blindado. Ezra abrió la puerta trasera, me indicó que subiera con un gesto cortante y se sentó a mi lado, cerrando la puerta con un golpe seco que nos aisló por completo del mundo exterior.
Salimos del rascacielos a toda velocidad por una compuerta trasera automatizada, dejando a los paparazzi, a los reporteros y a mi exnovio completamente a oscuras en el salón de bodas. El trayecto de regreso hacia mi modesto departamento transcurrió en un silencio sepulcral, cargado de una electricidad asfixiante que volvía el aire denso y difícil de respirar.
Yo miraba fijamente por la ventana de cristal con los puños apretados sobre mi regazo, hirviendo de rabia por la situación y por lo cerca que había estado de ceder ante su propuesta. Ezra, por su parte, se mantenía concentrado digitando información en su pantalla digital con total tranquilidad, con los puños de su camisa impecable y el esmoquin negro luciendo como si no acabara de huir de un enjambre de periodistas.
Su calma me enfurecía aún más. Actuaba como si evadir un escándalo mediático internacional fuera una simple tarea de su rutina diaria de oficina. Cuando el enorme auto negro finalmente redujo la velocidad y se detuvo con suavidad frente a la desgastada acera de mi modesto edificio de clase media, el chofer bajó del vehículo con rapidez para abrirme la puerta desde el exterior.
El aire fresco de la noche entró al auto, recordándome de dónde venía. Me acomodé el vestido de satén negro, dispuesta a bajarme, subir en el viejo ascensor de mi edificio y cerrar este terrible error para siempre, pero la voz profunda, ronca y pausada de Ezra me detuvo en seco antes de que pudiera poner un pie en la acera.
—Puedes bajarte del auto y correr a esconderte en tu rutina diaria, Bianca —dijo él, manteniendo la vista fija en la pantalla digital de su dispositivo, sin siquiera mirarme—. Pero ambos sabemos perfectamente cómo funciona el mundo real fuera de tus bocetos de diseño. Tu ex novio, Cristhian Olmos, es un hombre sumamente rencoroso, ambicioso y con una red de influencias importante en tu sector comercial. Mañana por la mañana intentará destruirte profesionalmente para recuperar el orgullo que le quitamos frente a sus invitados esta noche. No se quedará de brazos cruzados viendo cómo lo humillaste.
Giré la cabeza con brusquedad, clavándole una mirada cargada de furia e indignación.
—Puedo manejar mis propios problemas comerciales perfectamente, Vardan. No necesito de tu dinero ni de tu protección para salir adelante. Quédate con tu holding —le respondí con firmeza.
Ezra apagó la pantalla con un movimiento rápido, se reclinó con elegancia en el asiento de cuero italiano y fijó sus intensos y fríos ojos grises directamente en los míos. Había una certeza absoluta, peligrosa y analítica en su rostro que me congeló la sangre por un breve instante. No había duda en él, solo la fría predicción de un estratega experimentado.
—No podrás hacerlo sola contra el muro que te van a levantar, Bianca. Y cuando tu pequeño mundo independiente empiece a desmoronarse por completo debido a sus ataques, vas a recordar cada una de las palabras de mi propuesta —sentenció con una arrogancia implacable que me erizó la piel—. Guarda muy bien el papel con mi número telefónico, pequeña diseñadora. En unos días serás tú la que golpee las puertas de mi oficina en la torre, dispuesta a firmar mi contrato de seis meses bajo las condiciones que sean necesarias.
—Sigue soñando con eso, Vardan —le siseé con desprecio.
Me bajé del automóvil blindado azotando la puerta de un golpe, ignorando la reverencia del chofer, y caminé a pasos rápidos y firmes hacia el vestíbulo de vidrio de mi edificio de departamentos sin mirar atrás ni una sola vez. Escuché el potente motor del vehículo de lujo alejarse en la penumbra de la avenida principal.
Subí a mi departamento temblando de furia, y me prometí a mí misma que jamás, ni aunque me estuviera quedando en la calle o muriéndome de hambre, volvería a buscar la presencia de Ezra Vardan.
No tenía la más mínima idea de que el infeliz tenía toda la razón, y que el verdadero desastre laboral estaba a solo unas cuantas horas de comenzar en mi estudio.







