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CAPÍTULO 4: EL NIDO DE VÍBORAS

El sonido de nuestros pasos sobre el mármol del vestíbulo del hotel quedaba ahogado por el murmullo de la música de fondo y las risas de los invitados que ya se dirigían al gran salón de eventos. El agarre de Ezra en mi cintura no había flaqueado ni un solo milímetro desde que bajamos del auto.

Al contrario, cada vez que un fotógrafo o un desconocido se nos quedaba mirando de más, sus dedos se presionaban con una sutil firmeza contra mi cadera, como si estuviera recordándole a todo el universo que yo le pertenecía. Esa cercanía forzada me estaba volviendo loca.

Podía sentir el calor de su cuerpo filtrándose a través del satén negro de mi vestido, y el aroma de su loción me nublaba el juicio a cada segundo. Intenté respirar hondo, recordándome que todo esto era una transacción comercial, pero el porte de Ezra me lo ponía sumamente difícil. Caminaba con una elegancia tan natural, tan despectiva con el entorno, que no parecía estar interpretando un papel.

Parecía un rey recorriendo sus dominios. Mientras avanzábamos por el pasillo principal que conducía a las gigantescas puertas dobles del salón, un detalle insignificante pero extraño captó mi atención. Pasamos junto a un grupo de tres meseros que llevaban bandejas de champaña fina.

Al vernos, los tres hombres se tensaron al instante. El que parecía el supervisor del grupo abrió los ojos de par en par, dejó su postura relajada y, con una rapidez casi cómica, hizo una reverencia profunda con la cabeza mientras murmuraba con voz temblorosa.

—.Buenas noches, se…

—Ezra no lo dejó terminar. Sin detener su caminata ni quitar la vista del frente, levantó ligeramente la mano libre en un gesto frío y cortante, interrumpiendo al empleado.

—Asegúrate de que la temperatura del salón de la recepción sea la adecuada, Martínez. El aire está demasiado frío en este pasillo —dijo Ezra con una voz de mando tan natural que me dejó helada.

—Sss-sí, de inmediato, señor —respondió el hombre, casi tropezando con su propia bandeja mientras se alejaba a toda prisa. Fruncí el ceño, deteniendo un poco el paso, lo que obligó a Ezra a frenar junto a mí. Lo miré de reojo, analizándolo bajo las luces de cristal del techo.

—¿Martínez? —le pregunté en voz baja, arqueando una ceja—. ¿Desde cuándo los meseros de los hoteles de cinco estrellas conocen el nombre de los actores de agencias premium? Y lo más importante, ¿por qué te miró como si fueras a despedirlo de su empleo en ese mismo instante?.

Ezra ni siquiera pestañeó. Se inclinó sutilmente hacia mí, su rostro quedando a escasos centímetros del mío, permitiéndome ver los destellos grises e implacables de sus ojos.

—Te lo dije en el auto, Bianca, la primera impresión lo es todo —susurró con una tranquilidad exasperante—. He venido a este hotel a varios eventos de etiqueta corporativa. Los empleados de este nivel están entrenados para reconocer a los clientes premium que gastan miles de dólares en sus instalaciones. Martínez sabe que si no me atiende con respeto, mi reseña podría costarle su puesto. Ahora, deja de hacer preguntas y concéntrate.

Estamos en la entrada. No quedé del todo convencida. El tono que Ezra había usado no era el de un cliente exigente, era el de alguien acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran sin réplica. Sin embargo, no tuve tiempo de seguir analizando la situación. Las enormes puertas del gran salón se abrieron frente a nosotros y el torrente de luz, música y voces nos envolvió por completo.

El salón de eventos del hotel era un espectáculo. Columnas de mármol blanco, arreglos florales gigantescos que debían costar una fortuna y más de doscientas personas vestidas con las marcas más exclusivas de la moda internacional. Y allí, en el centro de la pista, saludando a un grupo de empresarios, estaban ellos. Cristhian Olmos y Vanessa Rovira.

A Cristhian el traje de novio le quedaba bien, pero al verlo desde la distancia, despojada de la venda del amor que me había cegado durante años, me di cuenta de lo pequeño y ordinario que se veía en realidad. Vanessa lucía un vestido de novia exageradamente pomposo, enjoyada hasta los dientes, sonriendo con una falsedad que conocía demasiado bien.

En cuanto pisamos el interior del salón, el murmullo de la sección de invitados más cercana a la puerta comenzó a disminuir. Una mujer de la alta sociedad, cruzó su mirada con otra, señalándonos con los ojos. Luego otra. Y otra. En menos de un minuto, una ola de silencio incómodo comenzó a extenderse por nuestra zona. La gente no me miraba a mí, lo miraban a él. Los ojos de varias herederas y empresarios de renombre se abrieron con absoluta incredulidad al ver al hombre que me acompañaba.

Sintiendo las miradas, Cristhian giró la cabeza hacia la entrada. Su sonrisa de novio feliz se congeló en el acto. Sus ojos se fijaron en mí, primero con sorpresa al ver que me había atrevido a asistir, pero luego su mirada descendió al brazo de Ezra que rodeaba mi cintura.

Vi cómo el color abandonaba el rostro de mi exnovio en un segundo. Sus puños se apretaron a los costados de su esmoquin y una vena comenzó a marcarse en su frente. Vanessa, al notar la distracción de su ahora esposo, volteó también. Su expresión de triunfo se desmoronó, reemplazada por una mueca de pura envidia y desconcierto.

—Cálmate, Bianca —la voz ronca de Ezra sonó justo al lado de mi oído, su aliento tibio provocándome un escalofrío—. Siento cómo se tensa tu espalda. Recuerda por qué pagaste esos cinco mil dólares. Disfruta el momento.

Esas palabras me devolvieron el suelo. Tenía razón. Había gastado mis ahorros para esto. Así que exhalé todo el aire, dibujé una sonrisa radiante y sofisticada en mis labios, y me pegué aún más al cuerpo de Ezra, dejando que mi mano libre se posara con delicadeza sobre su pecho, justo encima de su corazón, que latía con una calma imperturbable.

Cristhian no pudo contenerse. Dejó atrás a sus invitados y caminó con paso rápido hacia nosotros, con Vanessa pisándole los talones, tratando de mantener la compostura frente a las miradas curiosas de la alta sociedad.

—Bianca... —dijo Cristhian al llegar frente a nosotros, con la voz notablemente tensa. Intentó mirarme con superioridad, pero sus ojos seguían desviándose con nerviosismo hacia el hombre a mi lado—. No pensé que vendrías. Veo que... decidiste no quedarte encerrada en tu departamento.

—¿Y perderme la boda del año, Cristhian? De ninguna manera —respondí con un tono dulce y letal, sosteniéndole la mirada sin un ápice de temor—. Quería felicitarlos en persona. Además, no venía sola. Hice una pequeña pausa, girándome sutilmente para mirar a Ezra, quien contemplaba a mi exnovio con la misma expresión de desdén con la que alguien miraría a un insecto molesto.

—Cristhian, Vanessa... él es Ezra —lo presenté, omitiendo a propósito su apellido porque, en realidad, ni siquiera lo sabía—. Mi prometido. La palabra prometido cayó como una bomba entre los cuatro. Vanessa soltó una risa nerviosa y ahogada, mirando a Ezra de arriba abajo, intentando buscar algún defecto en su impecable apariencia, pero fracasando miserablemente.

—¿Prometido? —repitió Cristhian, su voz subiendo un tono por la incredulidad y los celos mal disimulados. Me miró con hostilidad—. Vamos, Bianca, nos separamos hace apenas tres meses. No me digas que ya encontraste a alguien para casarte. ¿De dónde sacaste a este tipo? ¿Qué clase de negocio tienes, Ezra? Cristhian pronunció el nombre de Ezra con un tono desafiante, intentando intimidarlo.

Fue el peor error de su vida. La atmósfera alrededor de nosotros pareció enfriarse diez grados. Ezra dio un paso al frente, obligando a Cristhian a retroceder por puro instinto ante la abrumadora diferencia de estatura y presencia. Ezra metió una mano en el bolsillo de su pantalón, miró a mi exnovio con una frialdad implacable y habló con una voz baja pero tan clara que varios invitados cercanos pudieron escucharla.

—Mis negocios están muy por encima de tu capacidad de comprensión, Olmos —dijo Ezra, usando el apellido de Cristhian con un desprecio absoluto que me dejó boquiabierta. “¿Cómo sabía su apellido si yo no se lo había dicho?”, pensé, con el corazón dándome un vuelco de alarma—. Pero lo único que necesitas saber esta noche es que Bianca ahora está conmigo. Y te sugiero que cuides el tono en el que le hablas a mi mujer, a menos que quieras que esta fiesta termine mucho antes de lo que planeaste.

Cristhian palideció por completo. Abrió la boca para responder, pero la autoridad y la amenaza implícita en las palabras de Ezra eran tan reales que se quedó mudo, tragando saliva con dificultad. Vanessa, aterrada por la tensión, tomó a Cristhian del brazo, tirando de él hacia atrás.

—¡Criiisthian!, amor, los invitados nos están esperando para el brindis... vámonos —susurró Vanessa con la voz temblorosa, mirando a Ezra con un respeto que rayaba en el miedo.

Ezra no dijo nada más. Se limitó a mirarlos alejarse con una sonrisa de superioridad que me hizo estremecer. El orgullo de Cristhian había quedado completamente destruido frente a sus propios amigos en menos de dos minutos. Mi venganza había sido perfecta.

Sin embargo, cuando me giré para agradecerle a Ezra por su excelente "actuación", capté a un hombre de traje gris oscuro, claramente el gerente general del hotel, corriendo hacia nosotros con el rostro empapado en sudor y una expresión de pánico absoluto. El gerente se detuvo a un metro de Ezra, se frotó las manos con nerviosismo y, haciendo una reverencia casi militar, exclamó con voz ahogada.

—¡Señor Vardan! No teníamos idea de que asistiría a este evento privado. Por favor, discúlpenos, si nos hubiera avisado, habríamos preparado la mesa presidencial para usted y su acompañante de inmediato… Mis pensamientos se congelaron. El salón pareció dar vueltas a mi alrededor mientras las palabras del gerente resonaban en mi cabeza. ¿Señor Vardan? Miré al gerente, luego miré el enorme logotipo dorado con la letra "V" que adornaba las paredes del salón, y finalmente fijé la vista en el hombre que aún me sostenía por la cintura.

Ezra Vardan. El dueño del imperio. El multimillonario más poderoso de la ciudad. Él no era un actor de alquiler. Yo le había arrojado mis últimos cinco mil dólares en la cara al verdadero dueño de todo el lugar. Ezra bajó la mirada hacia mí. Al ver la realización y el pánico puro en mis ojos, esa sonrisa lenta, peligrosa y sumamente arrogante volvió a aparecer en sus labios perfectos.

—Te dije que te daría un espectáculo que valía cada centavo, pequeña diseñadora —me susurró al oído, antes de que el mundo se me viniera encima.

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