El Contraataque Social no podía quedarse detrás de las paredes de cristal de mis nuevas oficinas.
Tenía el financiamiento asegurado, al mejor equipo de asistentes de la ciudad y un espacio que gritaba éxito.
Pero la rabia por la traición que me había dejado en la quiebra el lunes por la mañana seguía dándome vueltas en la cabeza. Necesitaba que Cristhian y Vanessa vieran con sus propios ojos el tamaño de su fracaso profesional.
Por eso, la apertura de mi estudio de diseño independiente no sería una simple firma de contratos privada. Sería un golpe mediático definitivo.
—Quiero que este evento de reinauguración sea transmitido en vivo por las principales cadenas de televisión local, Marisol —le ordené a mi nueva asistente ejecutiva, manteniendo mi postura más firme detrás del escritorio de cristal.
La mujer asintió con una reverencia sutil, digitando información en su tableta con una rapidez impresionante.
—Ya está perfectamente coordinado, jefa —respondió ella con una sonrisa profesional—. El equipo de relaciones públicas que contrató el señor Vardan se aseguró de que los reporteros de las revistas de sociedad más importantes monten sus cámaras en el vestíbulo principal. El anuncio de su compromiso del jueves por la mañana los dejó hambrientos de exclusivas.
Todos los canales quieren registrar la primera aparición oficial de la futura señora Vardan en su propio terreno creativo.
Una sonrisa letal, cargada de una satisfacción fría y absoluta, se dibujó en mis labios pintados de rojo carmín.
A las ocho en punto de la noche, las luces del gran salón de costura se encendieron, iluminando los maniquíes vestidos con mis bocetos finales más sofisticados. El ambiente se llenó de música ambiental refinada, copas de cristal de baccarat con bebidas costosas y el murmullo de los pocos clientes de élite que se habían atrevido a asistir para ganarse el favor de la corporación.
Frente a la entrada, las lentes de las cámaras de televisión parpadeaban con sus luces rojas de transmisión en vivo, enviando la imagen de mi triunfo directo a las pantallas de todo el país. Sabía perfectamente que en algún lugar de la ciudad, Cristhian Olmos y Vanessa Rovira estarían mirando la pantalla con los puños apretados de pura furia.
Sin embargo, el peligro real en este nido de víboras de la alta sociedad no tardó en cruzar la línea enemiga.
Vanessa Rovira se había enterado de la reinauguración a través de las notificaciones de las redes sociales corporativas. Y fiel a su naturaleza rencorosa y ambiciosa, no iba a quedarse de brazos cruzados viendo cómo la mujer a la que había dejado en la ruina hacía tres meses se convertía en la obsesión de los medios financieros.
Las gigantescas puertas dobles de madera de mi oficina se abrieron de par en par con un golpe seco que interrumpió el murmullo de la sala.
Giré la cabeza con rapidez, sintiendo que una ola de frío me recorría la nuca. Vanessa entró al lugar sin una invitación formal, vistiendo un pomposo diseño lleno de encajes exagerados que gritaba desesperación por llamar la atención de los fotógrafos. No venía sola. Detrás de ella marchaba un grupo de tres amigas íntimas de su círculo de la alta sociedad, mujeres superficiales con miradas cargadas de un desprecio absoluto y superioridad aristocrática.
Vanessa avanzó por el pulido suelo de mármol con pasos impositivos, deteniéndose a solo un metro de distancia de donde yo me encontraba conversando con un importante inversor textil.
—Pero qué sorpresa tan... pintoresca, Bianca —pronunció Vanessa con una voz falsamente dulce que destilaba veneno en cada sílaba, asegurándose de que los reporteros cercanos captaran su tono desafiante—. Estaba revisando mi teléfono y no pude resistir la tentación de venir a felicitarte en persona por tu nueva rutina de oficina. Aunque debo admitir que este despliegue me parece un poco exagerado para alguien de tus orígenes humildes.
El insulto encubierto cayó en medio de la sala como una ráfaga de viento helado. Mis nuevos clientes guardaron un silencio sepulcral, intercambiando miradas de evidente descontento.
—No recuerdo haber firmado tu tarjeta de invitación, Vanessa —le respondí, obligando a mi voz a sonar fría, cortante y segura para ocultar los nervios que amenazaban con desarmar mi postura frente a las cámaras—. Pero supongo que la discreción y los buenos modales son conceptos que olvidaste en el momento en que decidiste meterte en los asuntos ajenos.
Vanessa entornó sus ojos oscuros con rabia, al notar que su primera provocación no me había hecho agachar la cabeza.
Dio un paso hacia adelante, reduciendo la distancia física entre ambas a escasos centímetros. El diamante de su anillo de bodas, ese que Cristhian había comprado con la mitad de mis propios ahorros, destelló bajo las luces del techo, buscando intimidarme en mi propia casa de modas.
—Puedes fingir todo el estatus que quieras ante las cámaras de televisión esta noche, Bianca —me siseó en un susurro letal, con una fijeza implacable que me congeló la sangre por una fracción de segundo—. Pero ambas sabemos perfectamente cómo funciona el mundo de los verdaderos dueños del dinero.
Cristhian y yo sabemos que este estudio de diseño independiente no es más que un capricho financiado. Un teatro corporativo que se vendrá abajo en cuanto la estricta familia Vardan se canse de tu presencia. Vinimos a ver cuánto dura tu mentira antes de que regreses absolutamente a la calle.
Apreté los puños con tanta fuerza contra los costados de mi vestido que las uñas se me clavaron en las palmas.
La presencia de Vanessa en mi evento de apertura era un intento definitivo de sabotear mi credibilidad y destruir los pocos contratos de confección que mis asistentes estaban intentando cerrar. Mientras las cámaras registraban cada segundo de la tensión que flotaba en el aire denso, sentí un nudo de humillación y rabia pura cerrándose en mi garganta.
Estaba acorralada en mi propio terreno de juego, frente a toda la élite del país que sintonizaba la transmisión en vivo de la televisión, esperando a ver si la futura señora Vardan era lo suficientemente fuerte para sobrevivir a la primera mordedura de las víboras.