El crujido seco de las hojas de papel fino al ser pasadas por la superficie de caoba fue el único sonido que rompió el silencio de mi nueva oficina.
Frente a mí, sentado detrás del imponente escritorio de cristal templado, Ezra sostenía una pluma estilográfica de oro. Su rostro mantenía esa máscara de hielo imperturbable, pero la fijeza implacable de sus ojos grises delataba que cada movimiento suyo estaba fríamente calculado en su tablero corporativo.
Con un trazo rápido, aristocrático y domin