El crujido seco de las hojas de papel fino al ser pasadas por la superficie de caoba fue el único sonido que rompió el silencio de mi nueva oficina.
Frente a mí, sentado detrás del imponente escritorio de cristal templado, Ezra sostenía una pluma estilográfica de oro. Su rostro mantenía esa máscara de hielo imperturbable, pero la fijeza implacable de sus ojos grises delataba que cada movimiento suyo estaba fríamente calculado en su tablero corporativo.
Con un trazo rápido, aristocrático y dominante, estampó su firma al pie del último documento financiero.
—Cumpliendo con mi parte del trato, Bianca —pronunció Ezra con su voz profunda, ronca y pausada, deslizando la carpeta de cuero negro hacia mi sector—. Los fondos de inversión ya han sido transferidos de manera definitiva a la cuenta de tu marca independiente. La renta de este edificio de ultra-lujo en el distrito financiero está cubierta por los próximos doce meses.
Miré el documento con los ojos abiertos de par en par, sintiendo que un torbellino de adrenalina pura me sacudía el pecho de golpe.
El lugar era un auténtico sueño arquitectónico para cualquier creador de moda. Paredes de un blanco impecable, techos altos con iluminación especializada para resaltar las texturas de las telas y un ventanal panorámico gigantesco que mostraba la inmensidad de los rascacielos. Era el espacio perfecto con el que había soñado durante años en mi pequeño y gastado departamento de clase media.
Sin embargo, contemplar la magnitud de los números impresos en la hoja me provocó un sutil mareo debido a los nervios.
—Es una cifra astronómica, Vardan —logré articular, esforzándome para que mi voz no delatara el temblor de mis manos—. Esto supera por completo el presupuesto inicial que te había planteado por teléfono el lunes por la mañana. No era necesario un despliegue tan exagerado para proteger mi carrera.
—En el mundo de los negocios de la alta sociedad, la mediocridad es un pecado capital, pequeña diseñadora —replicó él, reclinándose con elegancia en su silla de cuero italiana y cruzándose de brazos sobre su amplio pecho—. Si la prensa o mi estricta familia investigan tus oficinas y encuentran un taller ordinario en los suburbios, la farsa de nuestro compromiso se vendrá abajo en un segundo largo. Debes proyectar el estatus de la futura señora Vardan ante la élite de la ciudad.
Giré la cabeza hacia el pasillo principal de la entrada, donde tres personas vestidas con uniformes ejecutivos impecables revisaban minuciosamente las agendas en sus pantallas digitales.
—Y supongo que ellos también forman parte de tu concepto de proyección corporativa —le señalé, entornando los ojos con evidente desconfianza.
—Así es —afirmó Ezra con una tranquilidad calculadora que me encendió la sangre—. He contratado para tu equipo a los mejores asistentes del mercado y a los asesores de imagen comercial más cotizados de la industria local. Personas con un historial impecable que se encargarán de gestionar tus contratos de confección, organizar tus desfiles privados y blindar tu marca contra cualquier intento de boicot mediático.
—Continuó él— A partir de este segundo, no eres una diseñadora solitaria peleando contra el rencor de tu ex novio eres la jefa de un holding creativo respaldado por mi capital financiero.
Una extraña opresión, mezcla de gratitud y una intensa paranoia, se instaló en medio de mi garganta.
Me sentía profundamente en deuda con el hombre que estaba sentado frente a mí. Me había devuelto el derecho a trabajar, había triturado el orgullo de Cristhian Olmos con el comunicado oficial del jueves por la mañana y me estaba entregando las herramientas definitivas para triunfar. Pero recordar que cada uno de sus movimientos formaba parte de un acuerdo legal de seis meses me dio una bofetada de realidad que me heló la sangre.
Di un paso firme hacia su escritorio de cristal, apoyando mis manos en el borde y reduciendo la distancia entre nuestros rostros a escasos centímetros.
—Aprecio la eficiencia de tus analistas y la rapidez de tus fondos, Ezra —le siseé en un susurro cargado de fijeza analítica, obligando a mi pulso a no desbocarse ante la insoportable tensión física que siempre estallaba cuando estábamos cerca—. Pero no te confundas. Me siento en deuda por el tamaño de esta inversión, pero te recuerdo muy bien que esto es estrictamente por negocios. Firmé un contrato de convivencia bajo tus condiciones corporativas en el
penthouse, y esto solo es la contraprestación económica que acordamos. No soy una de tus empresas subsidiarias ni pienso someterme a tu control personal.
Ezra no pestañeó. Su mirada de invierno descendió sutilmente hacia mis labios pintados de rojo carmín, provocándome un escalofrío salvaje que me recorrió toda la columna vertebral.
Una sonrisa lenta, peligrosa y sumamente atractiva apareció en la comisura de sus labios perfectos. Se levantó de la silla con un movimiento fluido y felino, inundando por completo mi espacio personal con su imponente estatura de tres piezas gris carbón.
—Sé perfectamente cuáles son los límites de nuestro acuerdo, Bianca —susurró él, inclinándose de modo que su aliento tibio rozó la piel de mis mejillas—. No me interesa controlar tu aburrida creatividad, ni opinar sobre los bocetos que coses en tus lienzos. Solo me interesa que este estudio de diseño independiente luzca impecable y exitoso ante el consejo de administración de mi familia para justificar nuestro falso matrimonio ante los inversores de Europa.
—Continuó diciéndome—A puerta cerrada, seguimos siendo dos extraños ejecutando una transacción financiera. Mantén tu papel frente a tus nuevos empleados.
Tomó su portafolios de cuero fino de la mesa con una elegancia despectiva y caminó hacia las dobles puertas de madera de la salida, dejándome sola bajo las luces brillantes del techo. El clic seco del cerrojo al cerrarse detrás de él resonó con fuerza en la inmensidad del lugar.
Me dejé caer en mi nueva silla de diseñador, soltando el aire que había estado reteniendo en mis pulmones. El diamante de platino de nuestro compromiso brillaba con fuerza en mi mano izquierda, reflejando los destellos del ventanal panorámico.
El Contraataque Social contra las personas que habían intentado destruirme el lunes por la mañana estaba en marcha con una fuerza devastadora. Tenía las oficinas de mis sueños, el financiamiento asegurado y al mejor equipo de asistentes de la ciudad a mi disposición.
Pero al mirar la silueta de los rascacielos financieros a través del vidrio, supe que la verdadera tormenta apenas estaba por comenzar, y que la farsa pública de mi compromiso me obligaría a sostener una mentira de la que ya no tenía la menor idea de cómo escapar.