La furia territorial que había estallado entre las costuras de mi taller de diseño independiente no se apagó al regresar al apartamento presidencial.
El viaje de retorno en el coche blindado había transcurrido bajo un silencio de piedra, con Ezra manteniendo la vista fija en las calles del distrito norte y yo aferrada al borde del asiento. Mi vestido se sentía como un recordatorio constante del límite que casi habíamos roto a puerta cerrada, cuando sus brazos anchos trituraron el metro de dista