Capítulo 74

El reloj marcaba las nueve y media cuando Charles Wentworth cerró la puerta de su despacho, aislándose del murmullo constante de su empresa. La oficina era su santuario: un espacio donde la madera de caoba absorbía los secretos y el whisky servía como lubricante para las decisiones más frías. Las luces estaban atenuadas, y detrás de los ventanales, el skyline de Nueva York brillaba con arrogancia, como si la ciudad entera se inclinara ante &eac

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