El primer rayo de sol se filtró tímido entre las cortinas de lino, tiñendo la habitación de un cálido resplandor dorado. La cabaña permanecía envuelta en un silencio apacible, roto apenas por el canto lejano de unos pájaros y el murmullo del viento que acariciaba los árboles alrededor. Afuera, la brisa aún olía a tierra húmeda y a pino fresco. Era temprano. El mundo aún bostezaba.
Maximiliano abrió los ojos lentamente, con una sensación de paz que pocas veces había experimentado. A su lado, Ana