El sol también se filtraba a través de los ventanales de la gran mansión Montenegro, bañando de luz cálida y dorada los amplios corredores silenciosos. El canto lejano de los pájaros y el zumbido suave de la brisa entre los árboles era lo único que se escuchaba fuera. Adentro, la quietud parecía inusual.
Emma abrió los ojos con lentitud. Parpadeó un par de veces, desorientada. No escuchaba los pasos suaves de Ana Lucía entrando con una sonrisa ni el sonido del agua en la ducha siendo preparada