El reloj de la cocina marcaba las cinco con diecisiete. Emma estaba un poco entretenida viendo su programa favorito después de una siesta, pero sabía que en cualquier momento le pediría que la sacara al jardín y aún no hablaba con su jefe para saber si ya se le había olvidado todo.
Falta nada para qué terminará el programa, cuando Ana Lucía, con los nervios de punta, tomó el teléfono. Dudó unos segundos. Se pasó los dedos por el cabello para alisarlo un poco, como si él pudiera verla del otro l