La puerta cerrada a su espalda seguía transmitiéndole el calor de lo que acababa de pasar. Ana Lucía no se movió por un momento, como si su cuerpo necesitara procesar lo que acababa de vivir.
Se llevó ambas manos al rostro, cubriéndose los ojos, y dejó escapar un suspiro largo, contenido, casi tembloroso.
—¿Qué demonios te pasa, Ana? —se recriminó en voz baja, dejando caer las manos a los costados.
Caminó lentamente hacia la cómoda, quitándose con torpeza la blusa salpicada de harina y el panta