Catalina bajó del taxi apresuradamente frente a la mansión. Pagó sin mirar al conductor, recogió las bolsas de marcas exclusivas que traía en ambas manos y se apresuró a entrar. Una empleada doméstica le abrió la puerta sin decir palabra, notando la expresión frustrada de Catalina.
—¿Dónde está el chofer? —preguntó Catalina, sin dirigirle la mirada.
—No ha llegado, señora.
Catalina se quedó inmóvil por un segundo. Las bolsas colgaban pesadamente de sus dedos, pero su mirada se endureció.
—¿Sabe