El rugido del motor de la camioneta rompía el silencio de la madrugada mientras la mansión se dibujaba imponente entre la niebla ligera del amanecer.
Las farolas encendidas lanzaban sombras largas sobre el camino empedrado, y el chirrido de las llantas al frenar fue apenas superado por los gritos de Nelly dentro del vehículo.
Alan, quién era el conductor no se cansaba de reír y tener por Nelly, viendo la paciente que tenía Adrián en ese momento con ese monumento de mujer haciendo pataletas.
—¡