La ciudad quedaba atrás lentamente, devorada por la silueta temblorosa del horizonte. En el interior del auto, el silencio era cómodo, apenas interrumpido por la suave música que salía del estéreo y el zumbido constante de los neumáticos sobre el asfalto. Nelly iba en el asiento del copiloto, con la ventana entreabierta. El viento tibio le acariciaba el rostro como una promesa de algo hermoso. El cielo comenzaba a teñirse de un azul más claro, presagio del mar que los esperaba.
Damián dormía en