Mundo ficciónIniciar sesiónY ahí, en la penumbra, está él.
Herre Jansen. No hay traje impecable esta vez ni la postura amenazante del colegio; se le ve más bajo, la corbata ya la lleva floja, y un vaso de whisky entre las manos. Bebe despacio. Sus ojos color miel ya no reflejan autoridad ni amenaza, solo melancolía y soledad. Se ven enrojecidos y pesados; claramente, no es su primer whisky.
No quiero que me vea, así que me vuelvo sobre mis pasos y me dirijo a la puerta. Sin embargo, la barra es atendida por un hombre carismático y chistoso que aprovecha para hacer un chiste a costa mía.
"¿Por qué se va, señorita? ¿Qué le molestó?" dice, simpático.
"Eh, no… es que no quiero ocupar una mesa completa y veo que no hay sitio en la barra."
"¿Cómo no? Venga, siéntese aquí, junto a este caballero. Le juro que no muerde."
Me invita a sentarme junto a Herre Jansen. Justo mi suerte. Ya no puedo evitar que me vea.
"Miss Nolly," sonríe apenas, como si le costara, y eso despierta mi empatía y me hace bajar la guardia. "Buenas noches. Qué sorpresa tan inesperada."
"Eh, sí. Lo mismo digo. Buenas noches, Herre Jansen."
"Acá no soy Herre Jansen. Solo Christian. Christian, el danés solitario," me dice, melancólico. Vaya que el alcohol cambia a las personas. ¿Éste era el tigre de esta tarde? Pareciera que le hubieran quitado las garras y los dientes. "¿Me permite invitarle una copa, Miss Nolly?"
"Hoy tenemos en promoción un Pornstar Martini," interviene el bartender, metiche.
Herre Jansen abre mucho los ojos, visiblemente ofendido. Por un momento veo de vuelta al tigre, pero el zarpazo esta vez no será para mí. "¡Pero qué cosas dice, hombre! Miss Nolly es una mujer respetable, sensible y correcta. Es maestra, por Dios. ¿En este país nadie respeta a los maestros? ¡No le puede ofrecer una cosa como esa!"
Toda la escena me da risa. Herre Jansen ha vuelto a ser el ogro de Dinamarca y el bartender se ve apenado por su impertinencia. Decido rescatarlo.
"Sí, soy todas esas cosas. Pero es viernes por la noche; ya ni siquiera soy Miss Nolly a estas horas. El Pornstar Martini es solo un cóctel de maracuyá y vodka de vainilla. Uno de esos suena muy bien, gracias."
"Bien, que sean dos entonces," dice él, seco, como si intentara desprenderse sin éxito de su rigidez. "Esta noche seremos Christian y Magnolia, estrellas del porno."
Me río mucho, pero la verdad no sé cómo iniciar una conversación con este señor. Nos quedamos en silencio mientras llegan las bebidas y así continuamos otro rato, sorbiéndolas sin decir nada. Nadie quiere dar el primer paso.
Finalmente, escojo un tópico seguro y le pregunto por su hijo. “¿Cómo se sintió Asbjørn en su primer día con nosotros?”
“Creo que bien. Llegó cansado a casa, se durmió en el carro. Bibi… creo que le va a gustar el colegio. Me mostró unos dibujos cuando llegué,” me dice con su tono nostálgico.
“¿Bibi?”
“Sí, así lo llamaba su madre. Ella…” su voz se apaga. Bebe un poco más y me cambia el tema. “¿Viene usted con frecuencia a este bar?”
“No, fue una casualidad. Vine a la pizzería y a bailar. ¿Usted?”
“La verdad es que queda cerca de mi oficina.” Mira a lo lejos, como si no estuviera del todo en el bar. “Tenía que… volver.” Hace una pequeña pausa. “No me pude quedar con Bibi como quería.” Vuelve a mirarme con su sonrisa melancólica. “¿Con quién fue usted a bailar? ¿Un novio?”
“Una cita a ciegas. No funcionó muy bien.” Me encojo de hombros. “¿Vive cerca de aquí?”
“La verdad es que no…” Mira la hora en su reloj y frunce ligeramente el ceño. “Creo que ya va siendo hora de irme. Mañana será un día largo.” Hace una pausa breve. “Le agradezco por su compañía, Miss No… Magnolia”.
Se pone de pie para irse, pero al levantarse, se tambalea. Me levanto rápido y sostengo su brazo. Nuestras miradas se cruzan un instante.
O al menos eso creo.
"Creo que es mejor que lo lleve," le ofrezco, sin pensarlo. "No es buena idea que vuelva solo así."
Me mira como sorprendido por la proposición y por la amabilidad que no esperaba. “¿No le molesta?” pregunta, intentando aparentar compostura.
“Para nada. Así me hace compañía,” respondo con mi sonrisa de maestra.
Entramos al carro y tras recibir las indicaciones de cómo llegar a su casa, pasamos el viaje en silencio. La música suena baja en el fondo, cambiando aleatoriamente de un género musical a otro. Me pregunto qué pensará Herre Jansen de mis gustos musicales. La expresión de su rostro no me da ninguna pista.
Finalmente, mientras vamos llegando a su casa, suena una canción de Metallica. Herre Jansen se ilumina.
“¡Ah! ¿Le gusta Metallica?”
“Sí, algunas canciones son muy buenas,” le contesto mientras detengo el carro.
“¿Entonces sí le agradan los daneses?” pregunta, con cierta esperanza. Este señor es definitivamente muy raro cuando bebe… aunque hay algo en él que me resulta carismático.
Me río, con un poco de nerviosismo, porque no tengo idea a dónde va con esta afirmación. “Sí, supongo que sí”.
Hay un momento de silencio y una tensión rara entre nosotros, como el instante justo después de que cae un relámpago y la atmósfera está cargada de electricidad a la espera del trueno.
Christian Jansen, CEO controlador, padre de Asbjørn, tigre amenazante, ogro de Dinamarca, estrella del porno autoproclamada… me besa.
No entiendo bien qué ha pasado: un minuto estamos charlando amistosamente de música y al otro estamos unidos en un beso, húmedo y cálido, algo desordenado.
El beso me sorprende, pero más me sorprende mi reacción. Me agrada… y me enciende.
Su lengua acaricia la mía mientras su mano se desliza hasta la parte de atrás de mi cabeza y se hunde en mi cabello. Mis labios corresponden a este beso y mi lengua busca el tenue sabor a vainilla y maracuyá que persiste en nuestras bocas, como un recuerdo cálido.
Una de mis manos se posa sobre su brazo, recorriendo un bíceps firme y bien definido. Algo cambia. Mientras mi piel arde por más, él vuelve a la realidad de golpe. Se separa de mí y me mira confundido, como si acabara de despertar teletransportado en el asiento de mi carro.
“Yo… eh… no debí. Lo siento mucho. No sé qué me pasó.”
Yo no soy capaz de contestar nada. Mis sentidos siguen aturdidos por el beso y cuando por fin reacciono, ya el señor Jansen se ha bajado del carro y avanza con pasos inciertos pero rápidos hacia la puerta de su casa.
Salgo de mi estupor lo suficiente como para manejar hasta mi casa, aunque no tengo ni idea de cómo llegué. Lo único que mi memoria retiene es ese beso.







