Mundo ficciónIniciar sesiónEstos dos encuentros me han dañado mi maravilloso humor de viernes. Me paso la tarde pensando en Asbjorn y en su padre, el ogro de Dinamarca. ¿Cómo se puede ir por la vida creyendo que todo se puede solucionar con plata? ¿Cómo se puede ser el único familiar de un niño tan pequeño y no sentir nada de ternura, nada de amor? Es que ni lo miraba en esa sala. Soy una masa de sentimientos: voy de la rabia a la tristeza, a la frustración, a la lástima y de nuevo a la rabia.
Decido concentrarme en arreglarme para salir, porque aunque no tengo ni pizca de ganas de conocer al tal Mateo, no puede ser peor que Herre Jansen… espero. Escojo unos jeans negros, un body blanco escotado y una chaqueta de cuero. Me miro al espejo con satisfacción. Sexy, pero no tan sexy. Perfecto para una cita a ciegas.
Cuando llego al sitio que ha escogido Denni, me doy cuenta de que he caído en su trampa. Sí, venden pizza, pero es claramente más una discoteca que otra cosa. Los tres me esperan en una mesa en un rincón algo oscuro. Aun así, puedo distinguir claramente a Mateo y, tal como lo publicitó Denni, está muy bien: su cabello es negro, liso y abundante, con cuatro o cinco canas que le dan un aspecto maduro y distinguido, a pesar de que no creo que tenga más de 35. Sus ojos negros, que delatan algún ancestro indígena, desaparecen cuando me regala una sonrisa carismática y encantadora. Bajo su camiseta negra, puedo adivinar unos músculos bien definidos. Buen trabajo, Denni.
Disimulo la apatía que me produce este encuentro y la frustración que arrastro desde esta tarde. Con mi mejor intento de sonrisa, me siento, saludo y nos presentamos. Tras las preguntas de rigor, pedimos cervezas. Mateo hace un verdadero esfuerzo por hacerme sonreír. Hace chistes, comenta lo que pasa a nuestro alrededor, me hace preguntas… pero yo no le doy mucho con qué trabajar. Sigo molesta por lo de esta tarde con el señor Jansen y no puedo dejar de pensar en eso.
Denni y Andrés se van a bailar y nos dejan solos. Mateo aprovecha para invitarme a sincerarme.
“¿Te ha decepcionado la cita a ciegas? No tenemos que seguir si no lo deseas. Si gustas, te puedo llevar a tu casa,” me indica con amabilidad.
“Eh, no. No es eso. Eres muy agradable, pero esta tarde tuve una situación con un padre de familia y me tiene con el ánimo desinflado,” le contesto con algo de vergüenza.
“¿Oh? ¿Me lo quieres contar?” me pregunta Mateo.
Me escucha con atención. Desahogarme me hace bien y poco a poco me voy relajando. Conversamos un rato más y luego bailamos. Sin embargo, con todo lo guapo y encantador que es Mateo, mis pensamientos vuelven frecuentemente al señor Jansen. Me pregunto por qué no me lo puedo sacar de la cabeza. Ni que fuera el primer padre antipático al que atiendo.
Más vergonzoso aún, me doy cuenta de que Mateo lo nota. El nombre danés aparece una y otra vez en la conversación. La sonrisa de Mateo pierde brillo cada vez que lo menciono. Eventualmente, Mateo se da cuenta de que es una batalla perdida y se despide con mucha amabilidad. Su despedida me bajonea un poco, porque Mateo es un diez. Denni me había encontrado uno con todo lo que necesitaba… ¿por qué no me interesaba?
Me siento un rato en la mesa sola, pero me aburro. Denni es feliz con su chico y no quiero molestarla, pero tampoco quiero irme a casa. El sitio tiene un bar, un ambiente aparte, más tranquilo y vacío, y hacia allá me dirijo.
Y ahí, en la penumbra, está él.







