Juegos de Silencios

En casa, la memoria del beso no me deja dormir. Doy vueltas en mi cama hasta que a las cinco me rindo. El sueño ya no vendrá. Me levanto y me pongo a limpiar y a organizar la casa. Barro, limpio y ordeno todo lo que me encuentro por el camino. Cualquier cosa con tal de no pensar. Quizás si me canso luego pueda dormir mejor. 

Paso el resto del fin de semana atacando una lista de pendientes sin fin. Nada diferente de lo que hace cualquier docente en su tiempo libre: calificar, preparar material, planificar clases… solo que esta vez cada cosa me lleva el triple de tiempo porque mis pensamientos vuelven a todo lo que pasó desde que llegué al bar hasta que regresé a mi casa. 

¿Quién era ese hombre con el que estuve en el bar? ¿Era el mismo con el que me había reunido por la tarde o tenía, quizás, un gemelo bueno? 

Y más complicado de aclarar, ¿me gustaba Christian Jansen? 

Físicamente, no había espacio para la duda: el hombre es endemoniadamente atractivo. Basta con pensar en sus ojos, en la forma de su boca, en el sabor de su lengua para que me erice la piel.

Pero ¿y su manera de ser? ¿Podría enamorarme de esta también? ¿Y cuál era el Christian Jansen real? ¿Era el de la sala de familia, arrogante y autoritario? ¿O era el del bar, sensible y carismático?

Trato de sacar conclusiones concretas, pero tras rumiar bastante, no llego a nada. El fin de semana se me hace eterno. Casi me siento emocionada por la llegada del lunes… hasta que la luz encendida en mi salón, a una hora obscenamente temprana, me recuerda mi nueva normalidad.

Son las 6:20 de la mañana. A pesar del nuevo acuerdo, aún no debería haber nadie en mi salón. Si vuelvo a encontrarme al niño solo, Herre Jansen va a conocer un lado menos dulce de mí.

Nada me prepara para lo que me encuentro: Herre Jansen sentado en una pequeña silla, con un impecable traje gris y un semblante serio e impenetrable. Sobre su regazo, un pequeño angelito pelirrojo duerme plácidamente, ajeno a la frialdad  de quien lo sostiene. 

Este hombre no parecía el mismo que se ilusionó porque me agradaran los daneses. Hoy se veía demasiado frío, demasiado severo, demasiado controlado. 

Y definitivamente, era demasiado distante para ser el mismo que me besó. ¿Quién sería este señor hoy? ¿Sería Herre Jansen, tigre imperturbable, o Christian, estrella del porno? 

Me arriesgo. “Buenos días, Christian.”

“Herre Jansen,” me corrige. “Buenos días, Miss Nolly. Espero que no le moleste que hayamos llegado unos minutos antes. Asbjørn aún duerme, pero yo no me acostumbro a la informalidad latina. Hay que despertarse temprano para aprovechar el día”. 

Vaya… hasta para Bibi hay formalidad hoy. 

Bien. Así jugaremos. 

“No hay ningún problema, pero nuestros protocolos establecen que debe quedarse con él hasta las 6:30 y que el estudiante debe estar despierto.” 

Comienzo a organizar mi salón para el día. “Si quiere, puede ir despertándolo…”. 

Me detengo y lo miro con intención. “A menos que quiera aprovechar para decirme algo”.

Por un momento, la máscara profesional y distante de Herre Jansen se resbala. Sus ojos se encuentran con los míos y su boca se separa para empezar a decirme algo, pero se detiene en una pausa un poco más larga de lo necesario. Frunce el ceño, como si estuviera tratando de recordar algo muy importante que ha estado pensando todo el fin de semana.

“¿Tienen alguna actividad especial preparada para esta semana?”

Intento no mostrar la frustración que me produce esta pregunta. Parece claro que lo que pasó el viernes no significó nada para él. Un desliz de borracho consumido por la soledad. Eso es todo lo que fue. 

‘Vamos, Nolly,’ pienso. ‘Que no se note que te tuvo despierta todo el fin de semana. Profesional y competente, es todo lo que él debe percibir.’

“Esta semana comenzaremos nuestro estudio del ciclo del agua. Haremos algunos experimentos en el laboratorio y empezaremos a crear maquetas,” respondo con mi voz más institucional.

“Suena muy interesante,” dice mirando el reloj. “Creo que es hora de despertar a mi hijo.”

Ahora es él quien me mira con intención. Sus ojos sostienen los míos y hacen que se me acelere el pulso “A menos que usted quiera aprovechar para decirme algo,” me dice finalmente.

No puedo responder. Hablo tres idiomas pero en este momento no tengo palabras. Mi boca está seca y solo puedo quedarme paralizada como una presa ante la amenaza de un animal más grande. 

“Bien… Siendo así…” concluye él la conversación y sacude con ternura a su hijo. “Bibi… søde, vågn op”.

Bibi se despierta y mira a todos lados para descubrir dónde está. Entonces me ve y ocurre la magia: salta del regazo de su padre entusiasmado y corre a abrazarme sonriente.

Herre Jansen se sorprende y no puede evitar sonreír con ternura al ver la escena, pero solo lo hace una milésima de segundo. Vuelve a ser solemne y controlado cuando me dice, “Hasta luego, Miss Nolly. Que tenga usted buen día”.

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