Siempre Fuiste Tú"

La luz era distinta al otro lado.

No era el cielo ni el infierno. Era un lugar suspendido entre mundos, donde el tiempo no fluía igual. Lira abrió los ojos y vio a Kael de pie frente a ella, joven, fuerte, con los mismos ojos plateados que tenía la noche que irrumpió en su torre.

—¿Kael? —susurró, con la voz rota.

Él sonrió de esa forma lenta y peligrosa que siempre la volvía loca.

—Te dije que te esperaría.

Lira corrió hacia él y se lanzó a sus brazos. El impacto fue tan real como cualquier cosa que hubiera sentido en el mundo físico. Kael la levantó del suelo, girándola mientras la besaba con toda la desesperación acumulada durante décadas.

—Te extrañé tanto… —murmuró ella contra su boca, con lágrimas cayendo por sus mejillas.

—Y yo a ti, mi indomable.

El beso se volvió urgente, hambriento. Años de separación se convirtieron en fuego. Kael la bajó hasta que sus pies tocaron el suelo y la empujó contra una pared que apareció de la nada. Sus manos recorrieron su cuerpo con posesión absoluta, quitándole la ropa que llevaba como si le quemara.

Lira hizo lo mismo, arrancándole la camisa, desesperada por sentir su piel. Cuando estuvieron desnudos, Kael la levantó de nuevo y entró en ella de una sola embestida profunda. Lira gritó de placer, rodeándolo con brazos y piernas mientras él la follaba contra la pared con fuerza brutal.

—Más fuerte —suplicó ella—. Quiero sentir que eres real.

Kael gruñó y obedeció, penetrándola con embestidas profundas y salvajes. Sus cuerpos chocaban con un ritmo desesperado, como si quisieran compensar todo el tiempo perdido. Lira llegó primero, contrayéndose alrededor de él mientras gritaba su nombre. Kael la siguió segundos después, derramándose dentro de ella con un gemido ronco.

Se quedaron unidos, respirando agitados, frente contra frente.

—Esto es real, ¿verdad? —preguntó Lira, acariciando su rostro.

—Más real que cualquier cosa que viví sin ti —respondió él.

Pasaron lo que parecieron días —o quizás solo minutos— explorando sus cuerpos una y otra vez. En un prado infinito, sobre la hierba suave, Kael la tomó lentamente, saboreando cada gemido, cada susurro. Luego la folló de rodillas, tirando de su cabello mientras ella gemía su nombre como una plegaria. No se saciaban. No podían.

En un momento de calma, acostados desnudos mirando un cielo que no tenía estrellas sino recuerdos, Lira apoyó la cabeza en su pecho.

—¿Y los niños? —preguntó.

—Están bien —respondió Kael—. Nova selló la grieta. Selene y Ares crecieron fuertes. Nova… ella me dijo que te dijera que siempre supo que volveríamos a encontrarnos.

Lira sonrió con lágrimas en los ojos.

—Hicimos algo bueno, ¿verdad?

—Lo mejor —dijo Kael, besando su cabello—. Creamos una familia que cambió el mundo.

El tiempo allí no tenía sentido, pero en algún momento sintieron una presencia.

Nova apareció ante ellos, ya adulta, hermosa, con la misma sonrisa indomable de su madre.

—Papá, mamá… es hora.

Lira se incorporó, aún desnuda, sin vergüenza.

—¿Hora de qué, mi vida?

Nova extendió las manos. Una luz dorada los envolvió a los tres.

—Hora de volver a casa. Juntos. El equilibrio se restauró. Ya no hay grieta. Ya no hay separación.

Kael apretó la mano de Lira con fuerza.

—¿Podemos volver?

Nova asintió.

—Este lugar era solo una estación. Nunca fue el final. Solo era el precio que había que pagar para que pudieran estar juntos para siempre.

La luz se volvió cegadora.

Cuando abrieron los ojos, estaban de nuevo en la casa de la colina.

Pero ya no era el pasado. Era el presente. Selene, Ares y Nova —ahora adultos— los esperaban en el porche con lágrimas en los ojos.

Lira y Kael aparecieron desnudos, abrazados, como si nunca se hubieran separado.

Selene soltó una risa entre lágrimas.

—Realmente nunca cambian, ¿eh?

Lira se rio también y abrazó a sus tres hijos con fuerza. Kael se unió al abrazo, rodeando a toda su familia.

Esa noche celebraron. Comieron, bebieron y contaron historias hasta el amanecer. Cuando todos se fueron a dormir, Kael tomó a Lira de la mano y la llevó al mismo porche donde tantas noches la había hecho suya.

La desnudó lentamente bajo las estrellas, besando cada centímetro de piel como si la descubriera por primera vez. Lira hizo lo mismo con él. Se amaron despacio, con ternura, sobre la madera cálida del porche. Cada caricia era una promesa. Cada gemido, un juramento.

Cuando terminaron, Lira se quedó acostada sobre su pecho, escuchando los latidos de su corazón.

—Entonces… ¿esto es el final? —preguntó.

Kael acarició su espalda y sonrió.

—No, mi amor. Esto es solo el comienzo de la parte buena.

Lira levantó la cabeza y lo miró con esa sonrisa feroz que él tanto amaba.

—Bien. Porque todavía tengo muchas manzanas que comerme… y un CEO que terminar de arruinar.

Kael rio y la besó profundamente.

Y así, el CEO que lo tenía todo y la mujer que no tenía nada, encontraron finalmente su lugar en el mundo.

Juntos.

Indomables.

Nova los miró con una sonrisa llena de ternura y nostalgia.

—Antes de que vuelvan… hay algo que deben saber.

Kael y Lira se giraron hacia su hija, aún abrazados y desnudos, sin ninguna vergüenza frente a ella.

—Durante todos estos años —continuó Nova—, cada vez que alguno de nosotros estaba en peligro o triste, sentíamos algo. Una presencia cálida. Una mano invisible que nos protegía. Éramos tú, mamá. Incluso desde el otro lado, nunca nos abandonaste.

Lira sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos. Kael apretó su mano con fuerza.

—También sentí a papá —añadió Nova mirando a Kael—. Cada noche, cuando yo no podía dormir, sentía tu voz diciéndome que todo estaría bien. Los dos siguieron cuidándonos… aunque ya no estuvieran aquí.

Selene y Ares se acercaron también. Los cinco formaron un círculo en el porche, tomados de las manos.

—Por eso nunca nos sentimos huérfanos —dijo Selene con la voz quebrada—. Porque siempre estuvieron con nosotros.

Lira soltó un sollozo y abrazó a sus tres hijos al mismo tiempo. Kael los rodeó a todos con sus fuertes brazos, cerrando el círculo familiar.

Después de varios minutos en silencio, Nova habló de nuevo:

—El equilibrio está restaurado. Ya no hay grietas, ni Antiguos vigilando, ni amenazas. Tienen algo que muy pocos seres han conseguido… una segunda oportunidad real.

Lira miró a Kael, con los ojos brillantes.

—¿Sabes qué significa eso? —susurró.

Kael sonrió, esa sonrisa lenta y profunda que solo le dedicaba a ella.

—Significa que tenemos toda una vida por delante… para seguir amándonos como el primer día.

Esa misma noche, cuando todos se fueron a dormir, Kael llevó a Lira de la mano hasta el viejo roble que había detrás de la casa. Allí, bajo la luz de la luna, extendió una manta sobre la hierba.

Se desnudaron lentamente, sin prisa. Esta vez no fue sexo salvaje ni desesperado. Fue amor en su forma más pura. Kael la besó durante largos minutos, recorriendo cada centímetro de su piel como si quisiera memorizarla de nuevo. Entró en ella con una lentitud casi reverente, mirándola a los ojos mientras se movían juntos.

—Te amo —susurró él contra sus labios.

—Y yo a ti —respondió Lira, con una lágrima rodando por su mejilla—. Siempre fuiste tú, Kael Voss. Desde el primer segundo.

Se amaron bajo las estrellas, dos almas que habían cruzado la muerte para volver a encontrarse.

Y mientras se abrazaban después, exhaustos y felices, ambos supieron que esta vez…

nadie podría separarlos nunca más.

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