Ciento noventa años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un bosque. Era un mundo. Millones de árboles dorados cubrían montañas, valles y ciudades enteras, creando un tapiz vivo que brillaba bajo la luna. El Santuario se había convertido en la capital espiritual de un nuevo orden: no un imperio, sino una red global donde la libertad no era un derecho concedido, sino una práctica diaria.
Lira XVII, de veintiocho años, caminaba descalza por el sendero centr