Ciento noventa y cinco años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana se había convertido en un símbolo vivo de lo posible. Los árboles dorados cubrían montañas enteras, creando un océano de luz que se veía desde el espacio. El Santuario ya no era un lugar de peregrinación. Era el corazón de un nuevo orden mundial donde la libertad no se pedía, se vivía.
Lira XVII, de treinta y cuatro años, estaba de pie en la cima de la antigua torre Voss, ahora convertida en el Observatorio