Doscientos ochenta años después de aquella noche que lo cambió todo.
El Valle de la Manzana ya no era un valle. Era un mundo vivo, un pulmón dorado que respiraba con el ritmo del planeta. Los árboles ancestrales se extendían hasta el horizonte, formando un bosque infinito que brillaba suavemente bajo la luna. Sus frutos dorados no se comían por hambre, sino por ritual: cada mordisco era un acto de memoria y rebeldía.
Lira XXII, de treinta y cuatro años, caminaba descalza por el sendero central