Doscientos noventa y ocho años después de aquella noche legendaria.
El Valle de la Manzana había alcanzado su máxima expresión. Los árboles dorados no solo cubrían el paisaje; lo definían. Sus raíces se entrelazaban bajo la tierra como una red viva que conectaba a todas las comunidades del mundo. Sus frutos se usaban en rituales de iniciación, en bodas, en nacimientos y en funerales. Cada mordisco era un acto de memoria colectiva.
Lira XXIV, de cuarenta y un años, caminaba sola por el sendero q