El viento soplaba suave sobre la colina mientras el sol comenzaba a descender. Kael Voss, ahora con setenta y ocho años, estaba sentado en su sillón favorito del porche, con una manta ligera sobre las piernas. Su cabello blanco contrastaba con la mirada aún intensa que conservaba. A su lado, Lira —quien apenas parecía tener cincuenta años gracias a su esencia híbrida— le sostenía la mano con fuerza.
Habían pasado casi sesenta años desde aquella noche en que ella irrumpió desnuda en su torre.
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