El silencio en la mansión de los Alarcón era pesado, casi palpable, mientras las sombras de la noche caían sobre el lugar. Aitana estaba en su despacho, tratando de organizar sus pensamientos, cuando el sonido de un golpe en la puerta la sacó de su ensimismamiento. Luis, su fiel mayordomo, entró con una expresión serena pero tensa.
—Señorita Aitana, debo hablar con usted —dijo con voz grave, acercándose lentamente.
—¿Qué sucede, Luis? —preguntó ella, alzando la vista, notando el cambio en su co