Aitana llegó a la mansión a primeras horas del día, exhausta tanto física como emocionalmente. El trayecto de regreso fue en completo silencio. El rugido del motor de su Mercedes apenas rompía la quietud que sentía en su interior, una calma perturbadora que escondía la tormenta que había dejado atrás. Mientras el auto se deslizaba suavemente por el camino de entrada, Aitana miró a lo lejos la imponente mansión del Grupo Alarcón. El edificio, símbolo de poder y prestigio, ahora se sentía vacío s